Imaginación y pertenencia en sociedades complejas
En sociedades complejas como la holandesa, las imágenes ejercen un papel decisivo. Generan sentido de comunidad y moldean la forma en que la gente se percibe a sí misma y a los “otros”. Esa visión determina quién se siente incluido y quién queda excluido.
Representar a una comunidad es siempre un proceso selectivo: ¿qué pasado se quiere compartir? ¿Qué imagen se considera típica? La respuesta depende de negociaciones de poder. Un ejemplo claro es el legado de la esclavitud en los Países Bajos. Aunque el tráfico transatlántico de esclavos forma parte integral de la historia neerlandesa, los intentos de visibilizarlo aún provocan intensos debates.
Raza y etnicidad suelen estar en el centro de esa representación, a veces de forma implícita. Lo que se elige como símbolo cultural o tradición compartida determina quién se reconoce en esas imágenes. No todos se identifican con Carlomagno, el “emperador de Occidente”, con Guillermo de Orange, “padre de la nación”, o con el héroe naval Michiel de Ruyter.
Algunas personas se sienten más representadas por figuras como Aletta Jacobs, Raden Adjeng Kartini o Anton de Kom. Estas imágenes dan a la nación su “rostro” y, con ello, una dimensión étnica y racial. Así, “Países Bajos” y “neerlandés” pueden adquirir, de manera sutil, un “color de piel” imaginario que define al “neerlandés típico”.
La cuestión de Zwarte Piet
El origen del debate
Un caso emblemático de esa imaginación es la polémica alrededor de la fiesta de Sinterklaas. En 1850, trece años antes de la abolición de la esclavitud en las colonias holandesas del Sur (Surinam y Antillas), la celebración cambió de forma, coincidiendo con el apogeo del colonialismo neerlandés. Influenciados por los ideales de la Ilustración, se buscó transformar la figura temible del Sinterklaas infantil en una versión más amable.
Según John Helsloot (2005), “el miedo oscuro de la infancia que aún acompañaba a Sinterklaas tuvo que convertirse en una figura más alegre y menos supersticiosa”. En el libro del maestro de Ámsterdam Schenkmann, San Nicolás y su sirviente, el oscuro sirviente se reinterpretó como “aunque sea negro como hollín, tengo buenas intenciones”. Esta nueva figura dejó de asustar a los niños y pasó a ser un amigo festivo, encarnando el estereotipo del “Negro alegre”, muy extendido en Europa y Norteamérica en aquella época. En esa representación, Zwarte Piet simboliza al “otro racializado”, pero también al propio futuro de la nación.
Crisis de identidad nacional
Desde 2015, Sinterklaas y Zwarte Piet forman parte del Inventario Nacional de Patrimonio Inmaterial de la UNESCO. Aunque la lista se refiere solo a los Países Bajos, se percibe como representativa de la identidad holandesa. Presentar a Zwarte Piet como símbolo nacional puede excluir a quienes no se reconocen en él. Al mismo tiempo, la gran relevancia del festejo hace que criticarlo sea interpretado por muchos como un ataque a la nación.
En momentos de “crisis de identidad”, como el debate sobre Zwarte Piet, las imágenes del propio festejo se convierten en armas para defender al “nosotros” frente al “otro”, a veces mediante expresiones racistas como “blanco de pacotilla” o “negro de pacotilla”.
Conclusiones
Raza y etnicidad son construcciones sociales nacidas de procesos imaginativos que distinguen “nosotros” y “ellos”. No son meras ilusiones; la imaginación de comunidad se traduce en realidades sociales que pueden generar exclusión. En una sociedad dominada por los medios modernos, las imágenes poseen un poder enorme. El caso de Zwarte Piet muestra cómo los medios pueden perpetuar estereotipos difíciles de cambiar, pero también cómo la imaginación racial puede ser fluida y adaptable, permitiendo la transformación de dichos estereotipos.