Aunque Indonesia obtuvo su independencia en 1949, los Países Bajos mantuvieron el control de Nueva Guinea hasta 1962. La frustración por la pérdida de la colonia suele citarse como la causa de esta política obstinada, pero el historiador Bart Stol demuestra lo contrario en su reciente disertación.
Orígenes de la disputa
La isla formaba parte del archipiélago paradisíaco que los holandeses llamaban "Cinturón Esmeralda". La presión internacional que obligó a los Países Bajos a ceder las Indias Orientales en 1949 generó emociones y resentimientos, pero, según Stol, esos sentimientos fueron solo un "potenciador" de la política, no su motor.
Los documentos analizados revelan que, desde la década de 1920, ya existía en Holanda y en sus colonias la idea de mantener Nueva Guinea bajo administración holandesa en caso de que las Indias lograran la independencia. "La decisión sobre el futuro separado de Nueva Guinea se tomó antes de la independencia indonesia", afirma el autor.
Frustraciones
Stol muestra que la política neerlandesa se basó en análisis de costo‑beneficio racionales, y contó con el respaldo de otras potencias coloniales (Gran Bretaña, Francia, Bélgica y Australia). La imagen de una Holanda desesperada aferrada al último vestigio de su imperio, condenada por el resto del mundo, es, según él, incorrecta.
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La visión de una Holanda colonial resentida surgió en los años 60, influida por estudios que se centraron exclusivamente en la relación holandesa‑indonesia o en la perspectiva de la Guerra Fría. Por primera vez, Stol adopta una visión más amplia, considerando la actitud de otras potencias coloniales, que apoyaron a los Países Bajos hasta finales de 1961, año en que surgió un giro de opinión dentro del propio país.
Reinicio colonial
Tras la Segunda Guerra Mundial, los movimientos independentistas derribaron los imperios en Asia, pero el colonialismo no desapareció; dio paso a una segunda ola que buscó enfocarse en áreas menos desarrolladas dentro de los vastos imperios europeos. Los holandeses, desde 1952, anunciaron una política oficial para preparar a Nueva Guinea y a los papúes para la autodeterminación, con la esperanza de que, eventualmente, la isla se afianzara permanentemente a los Países Bajos, manteniendo así la influencia política neerlandesa en Asia.
Opiniones divididas
En la década de 1950 el optimismo colonial decayó al aparecer el nacionalismo en los nuevos focos de atención. Sin embargo, a ojos de Occidente los papúes aún no estaban listos para la independencia. "Indonesia estaba dispuesta a usar la fuerza si no entregábamos la isla; la cuestión era cómo responder desde Holanda", explica Stol.
En La Haya, el debate estaba polarizado. El Partido Laborista (PvdA) abogaba por no intervenir en la política de poder en Asia, mientras que el ministro de Relaciones Exteriores, Joseph Luns, defendía una postura firme contra Indonesia y, durante mucho tiempo, obtuvo la mayoría. Luns llegó a insinuar que Estados Unidos podría intervenir militarmente si Indonesia atacaba Nueva Guinea.
Más tarde, se acusó a Luns de haber tergiversado la supuesta promesa del secretario de Estado estadounidense John Foster Dulles. Nuevas fuentes indican que Luns no mintió: dejó claro que Dulles no había hecho promesas concretas y que, aunque dudaba de un apoyo militar estadounidense, utilizó la posibilidad como una amenaza diplomática.
En espera
En Indonesia, Sukarno consolidó su poder en los años 50. "Holanda estuvo inicialmente dispuesta a un compromiso, como una administración conjunta hasta que la isla estuviera preparada para la autodeterminación. Sukarno solo quería una transferencia inmediata, y Holanda se negó", señala Stol.
En 1958, Sukarno nacionalizó todas las empresas holandesas y amenazó con la guerra. Holanda envió tropas a Nueva Guinea, pero el conflicto quedó en suspenso porque el ejército indonesio todavía se estaba formando.
A partir de 1958 la posición de Sukarno comenzó a debilitarse: hubo intentos de golpe y varios intentos de asesinato entre 1957 y 1962. Los posibles sucesores de Sukarno eran más pro‑occidentales, lo que abrió la esperanza de nuevas negociaciones sobre Nueva Guinea. La política holandesa, lejos de ser un acto de despecho, esperaba la llegada de un régimen más favorable.
La cobertura
1961‑1962 marcaron el declive del apoyo a Luns en La Haya. La elección de John F. Kennedy como presidente de EE. UU. introdujo una política que favorecía a los países colonizados. Además, Sukarno amenazó con acercarse a la Unión Soviética si sus demandas no eran satisfechas, lo que puso a Estados Unidos en una posición delicada.
Stol explica: "En 1961‑1962 la amenaza de una guerra aumentó. Gracias al armamento y entrenamiento ruso, el ejército indonesio estaba lo suficientemente fuerte como para lanzar un ataque exitoso a Nueva Guinea, lo que incrementó el número de holandeses que apoyaban una negociación con Sukarno".
Despedida
Ante la creciente disposición a ceder, EE. UU. dejó de respaldar la política de Luns. En abril de 1962 la administración Kennedy presentó un plan de transferencia gradual de Nueva Guinea a Indonesia. En 1969, bajo presión del ejército indonesio, los papúes votaron por integrarse a Indonesia.
"La mayoría de los papúes no querían formar parte de Indonesia; preferían permanecer bajo administración holandesa y alcanzar la independencia. Lo comunicaron a EE. UU., pero fueron sacrificados por la Guerra Fría", recuerda Stol.
En 1962 los Países Bajos entregaron el oeste de Nueva Guinea a Indonesia, poniendo fin a más de trescientos cincuenta años de colonialismo holandés en Asia.