El 11 de septiembre de 2001, terroristas de Al‑Qaida destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York. Estados Unidos lanzó entonces una "Guerra contra el Terror" que, al igual que las políticas del siglo XVII, buscó una solución militar a un problema complejo. La medida más visible fue el endurecimiento de los controles de seguridad en los aeropuertos, que se convirtieron en procedimientos de una hora. Lejos de eliminar el terrorismo, esa guerra lo alimentó, creando un círculo vicioso en el que la agresión generaba más miedo y, a su vez, más agresión.
Paralelismo histórico
Un episodio similar se produjo tres siglos antes en Europa, cuando Luis XIV (1638‑1715) emprendió una larga y costosa campaña para "proteger" a Francia. En su juventud el monarca ya había visto a los españoles atacar desde los Países Bajos españoles (actual Bélgica) y acercarse a París. Para evitar que eso volviera a suceder, decidió atacar a sus vecinos, entre ellos la República Holandesa, en lo que se conoce como el Año del Desastre (1672). Lejos de lograr mayor seguridad, la ofensiva atrajo a más enemigos.
Ejército
El principal adversario de Luis XIV fue el príncipe holandés Guillermo III de Orange (1650‑1702). Aunque el rey francés movilizó a 120 000 soldados contra los 20 000 holandeses, subestimó gravemente a su rival. Además, Luis, católico y autoproclamado "Rey Más Cristiano", veía a la República protestante como una colonia de herejes, lo que avivó la hostilidad.
En el siglo XVII Francia era la superpotencia europea, al igual que Estados Unidos en la actualidad. Luis XIV, como George W. Bush, se rodeó de un séquito agresivo y estaba convencido de la grandeza y del derecho de su nación a una seguridad total.
Ambas guerras comparten una característica esencial: las superpotencias lanzaron agresiones bajo la excusa de la autodefensa, pero en lugar de eliminar la amenaza, generaron una espiral de miedo‑agresión que solo intensificó el conflicto.
Zona de amortiguamiento
Los grandes estados siempre han sido sensibles a la seguridad y al honor, mientras que los pequeños dependen de zonas de amortiguamiento. Antes de enfrentarse a los holandeses, Luis XIV había invadido los Países Bajos españoles en 1668 para empujar sus fronteras al norte y eliminar la amenaza histórica. Ese movimiento, sin embargo, ponía en riesgo la seguridad de los Países Bajos.
Los holandeses, emergidos de la Guerra de los Ochenta Años (1568‑1648), querían que los Países Bajos españoles siguieran sirviendo como barrera entre ellos y la Francia emergente.
Ante la agresión francesa, el gran pensionario holandés Johan de Witt, junto al embajador inglés, formó la Triple Alianza, una coalición defensiva que amenazó con atacar París si Luis no se retiraba. El rey francés rechazó la oferta y juró vengarse de los comerciantes holandeses.
Línea de bloqueo
En mayo de 1672, el ejército francés avanzó por el Mosa y el Rin, ocupando más de la mitad del territorio holandés. Más de sesenta ciudades y fortalezas se rindieron en un mes. Luis creyó que la capitulación era cuestión de días, pero subestimó la resistencia holandesa y la dificultad de cruzar la línea de defensa inundada que los neerlandeses habían creado.
Año del desastre y su impacto
El fracaso francés desencadenó una revolución interna en los Países Bajos. El año 1672, conocido como el "Año del Desastre", provocó la caída del régimen regente liderado por los hermanos De Witt, que fueron asesinados. Guillermo de Orange, sin experiencia militar ni diplomática, emergió como líder, reclutó oficiales capaces y buscó alianzas extranjeras para repeler la invasión.
El desvalido contraataca
Guillermo convirtió la invasión francesa en una guerra internacional contra Luis XIV. En menos de un año, la campaña se abrió también en el sur del Imperio alemán, obligando a Luis a retirar tropas de los Países Bajos para defender sus fronteras. Después de diecisiete meses, los franceses se vieron obligados a abandonar gran parte del territorio holandés.
Hambre de poder confirmada
La ambición de Luis XIV de crear una "monarquía universal" lo llevó a buscar constantemente nuevos territorios. Tras el Tratado de Nimega (1678) retomó la expansión en Alemania y, en 1685, revocó el Edicto de Nantes, persiguiendo a los hugonotes protestantes. Estas acciones consolidaron la imagen de Luis como un monarca insaciable y temido por toda Europa.
Contra‑agresión
El temor alimentó la determinación de Guillermo. Sus cartas revelan un hombre obsesionado con la frase "el fin está cerca" y con la urgencia de detener a Francia. En 1689 formó la Gran Alianza, la mayor coalición de la época contra una sola potencia. En lugar de moderar a Luis XIV, la alianza lo hizo más agresivo: el rey ordenó la quema del Palatinado y bombardeó ciudades alemanas.
Hasta su muerte en 1715, Luis XIV estuvo inmerso en guerras continuas contra una Europa que nunca dejó de temerle. En su lecho de muerte confesó: "He amado demasiado la guerra". Sus palabras reflejan la triste lección de que la búsqueda de seguridad mediante la agresión solo perpetúa el conflicto.