historia historica

Una revisión de la lucha por la tierra y la libertad de los afro‑surinameses antes de la abolición de la esclavitud

Los libros de historia sobre la esclavitud en Surinam suelen centrarse en las plantaciones. El historiador Karwan Fatah‑Black, sin embargo, dirige su mirada a la ciudad de Paramaribo, donde surgió una comunidad creciente de afro‑surinameses libres mucho antes de la abolición de la esclavitud en 1863.

El contexto de las plantaciones

Durante siglos la economía surinamesa giró en torno a la producción de plantaciones, sustentada por la mano de obra esclava. Los africanos esclavizados constituían la mayoría de la población, pero no eran considerados personas, sino simples bienes: no se les podía “matar” o “violar” como a una propiedad, sino que su dueño podía disponer de ellos a su antojo.

Caminos hacia la libertad

Además de las liberaciones ocasionales, muchos afro‑surinameses consiguieron su libertad mediante la compra de tierras en los límites de Paramaribo, entre la ciudad y las plantaciones. El libro Property Struggle narra cómo lograron construir una vida propia dentro de la sociedad colonial.

Según Fatah‑Black (Universidad de Leiden), alrededor de 1800, mucho antes de 1863, la mitad de la población libre de Surinam era negra. Esta comunidad y sus rutas hacia la libertad habían sido prácticamente ignoradas por los historiadores hasta ahora.

El legado del derecho romano

El autor parte de la realidad de las plantaciones para explicar cómo los dueños forzaban a los esclavos a aceptar su condición mediante violencia, intimidación y humillación, a la vez que ofrecían la “manumisión” como recompensa por obediencia y lealtad.

La legislación que regulaba la manumisión estaba basada en el derecho romano, pues la legislación neerlandesa contemporánea prohibía la esclavitud. “Manumisión” proviene del latín manu (mano) y missio (envío). En la década de 1760 la población libre no blanca apenas alcanzaba los 300 individuos, frente a 50 000 esclavos y 2 000 propietarios blancos.

Cien años después, la comunidad afro‑surinamesa libre había crecido a 15 000 personas, y tras la abolición se sumarían otros 34 000. Fatah‑Black demuestra, a través de cartas, expedientes judiciales y otros documentos de archivo, que fueron los propios esclavos quienes encontraron vías alternativas para liberar a sus familiares.

Los “traidores”

Obtener la libertad implicaba enormes riesgos. Algunos hombres escapaban a la selva, convirtiéndose en los llamados “Maroons”, que formaron comunidades propias y frecuentemente asaltaban plantaciones para liberar a otros.

Otros hallaron refugio en el puerto de Paramaribo. Tabernas y pubs servían de escondite para fugitivos, mientras capitanes de barcos aceptaban mano de obra sin preguntar su origen. Incluso los registros de los barcos muestran que esclavos fugitivos a veces aparecían a bordo sin que nadie lo notara.

El servicio militar también ofrecía una vía. Los “Redi Musu”, o “capuchas rojas”, eran esclavos que luchaban para el gobierno colonial contra sus propios compatriotas rebelados. Tras cumplir su servicio, recibían la libertad y, en muchos casos, una parcela de tierra.

Niños libres y concubinato

Las mujeres esclavizadas jugaron un papel crucial. El concubinato con sus dueños era una estrategia para asegurar la libertad de sus hijos y, a veces, la propia. Como señala Fatah‑Black, “vivir como concubinas podía ser devastador física y mentalmente, pero los sacrificios garantizaban una oportunidad de vida libre para sus hijos”.

Con el tiempo, las concubinas liberadas constituyeron la mayor parte de los libertos. Sus hijos, reconocidos por los dueños, ascendían en la escala social, aunque las mujeres mismas rara vez disfrutaban de los mismos beneficios.

Las mujeres libres invertían en tierras, una actividad relativamente accesible gracias a la protección de la propiedad. Desde 1750, una creciente población negra adquirió parcelas en los bordes del centro de Paramaribo, cimentando la base de la comunidad afro‑surinamesa.

Familias y la abolición

Contrario a la idea de que la mayoría fue liberada en 1863, Fatah‑Black muestra que la libertad ya se estaba extendiendo antes de la abolición. En los últimos años del régimen esclavista, el número de libertos creció rápidamente, pues estos compraban a familiares esclavizados y los no blancos comenzaron a reemplazar a los blancos como principales liberadores.

En 1846, la población negra libre de Paramaribo ascendía a 5 665 personas, mientras que aún había 5 326 esclavos y 1 966 blancos registrados. La pobreza se intensificó, pues la economía seguía basada en la producción de plantaciones y el acceso a la tierra se volvió más difícil tras la emancipación.

‘Bestia negra’

El libro también incluye ejemplos de archivo que ilustran la vida cultural de esta comunidad antes de 1863. Aunque los dueños de plantaciones no imponían la cristianización, la educación religiosa se volvió obligatoria para la manumisión después de 1830. Las iglesias cristianas y judías jugaron un papel importante entre los libertos, que, sin apoyo de la asistencia social urbana, buscaban refugio en la fe.

Un caso emblemático es el de Isabella, una mujer negra que fue acusada de vivir en concubinato y a quien los plantadores tacharon de “bestia negra”. A pesar de haber sido bautizada, los religiosos de la época sostenían que “el cielo no estaba hecho para una persona negra”.

Conclusiones

La historia de la esclavitud holandesa sigue centrada en la narrativa de las plantaciones, siguiendo el modelo estadounidense. La existencia de una comunidad libre afro‑surinamesa en Paramaribo durante la época esclavista es poco conocida, pero quedó evidenciada por la compra de tierras y la construcción de viviendas propias mucho antes de la abolición oficial.

Este libro resulta una lectura accesible y reveladora sobre la esclavitud en Surinam y la particular historia de Paramaribo. Aunque en ocasiones el autor aborda varios legados de forma sucesiva, logra transformar los documentos de archivo en relatos atractivos que dan vida a una parte olvidada de la historia.