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Confiamos en nosotros mismos: el elogio de Pericles a la democracia ateniense

Elogio a la democracia ateniense

En el invierno de 431‑430 a.C., durante la Guerra del Peloponeso, el líder ateniense Pericles pronunció un discurso en honor a los caídos frente a Esparta. Considerado el elogio más famoso de la democracia, Pericles describió un sistema donde el poder no estaba concentrado en una élite, sino en el pueblo – la democracia popular (dèmokratia).

El discurso de Pericles

Según el historiador Tucídides, Pericles comenzó con cierta modestia: «¿Qué pueden añadir las palabras a los hechos de los muertos?». A continuación recordó a los antepasados que habían defendido la región de Ática y subrayó que la generación presente había ampliado esa herencia.

Una democracia singular

Pericles resaltó la originalidad del modelo ateniense: más ciudadanos participaban en el poder que en cualquier otro sistema de la época. Si bien la democracia excluía a mujeres, esclavos, metecos y menores, esa crítica resulta anacrónica. Sólo alrededor del 12 % de la población total (≈30 000 de 250 000) podía ejercer la ciudadanía, una proporción que no se superó en Europa occidental hasta el siglo XIX.

Igualdad ante la ley

Desde Solón (594 a.C.) todos los ciudadanos, incluso los de la clase más baja, tenían derecho a ser juzgados en los tribunales populares. Pericles introdujo compensaciones monetarias para que los menos pudientes pudieran ejercer ese derecho sin sufrir pérdidas económicas.

Los cargos públicos se asignaban por sorteo, evitando la corrupción y la influencia de la riqueza. Además, el ostracismo permitía desterrar temporalmente a políticos demasiado poderosos.

Participación ciudadana

Los cargos duraban, en general, un año; cada año aproximadamente un ciudadano de cada seis ocupaba una posición pública. La Asamblea del pueblo se reunía unas cuarenta veces al año, y los 30 000 ciudadanos podían intervenir y hablar libremente.

La vida ateniense también estaba marcada por festividades constantes: al menos un tercio del año se celebraban fiestas religiosas y culturales, financiadas por el Estado para garantizar la asistencia de todos.

Libertad de expresión y crítica

Pericles alabó el clima de tolerancia: los atenienses no se enfadaban por la conducta individual de sus conciudadanos y aceptaban la crítica abierta. Los comediantes como Aristófanes y los filósofos como Platón podían expresar sus opiniones sin temor a la censura.

Violencia y orden público

A diferencia de las ciudades medievales, Atenas evitaba la violencia callejera. Los conflictos se resolvían con armas menores (piedras, fragmentos de cerámica) y, en casos de criminalidad grave, la pena de muerte se ejecutaba en prisión mediante envenenamiento, sin espectáculos públicos.

Legado y reinterpretaciones

Durante siglos la democracia ateniense fue vista con escepticismo, especialmente por pensadores como Platón. En el siglo XIX, sin embargo, se convirtió en modelo para los movimientos democráticos europeos y, más tarde, en símbolo de resistencia contra el totalitarismo.

Investigaciones contemporáneas (por ejemplo, Gabriel Herman, 2006) han demostrado que la participación ciudadana ateniense fomentaba mayores niveles de moralidad y civismo.