El historiador especializado en la antigüedad, Jona Lendering, ha publicado recientemente El borrador en los clásicos, una obra en la que denuncia el estado lamentable de la arqueología en las universidades neerlandesas.
¿Por qué describís la arqueología académica como un "camino sin salida"?
Hay dos problemas principales. El primero es una crisis de fundamentos. Desde principios del siglo XIX la arqueología (incluyendo historia antigua y lenguas clásicas) ha sostenido que la cultura occidental se fundó en Grecia, Judea y Roma, asumiendo una continuidad de veinte siglos. Las ciencias sociales han puesto en tela de juicio esa visión, exigiendo pruebas de que un fenómeno tan mutable mantenga un núcleo inalterable. Esa prueba es muy difícil, pero muchos siguen proclamando a Grecia como nuestra cuna sin reflexionar.
El segundo problema es la proliferación de falsedades sobre el mundo antiguo. No basta con que la “verdad” sea problematizada; debemos seguir buscándola. Por ejemplo, la anécdota de que Arquímedes quemó naves romanas con espejos no aparece en las fuentes y contradice las leyes de la física, pero sigue circulando como si fuera un hecho.
¿Por qué persisten historias medievales y renacentistas, como los espejos de Arquímedes, como verdades populares?
Ignorar las leyes de la naturaleza no es un simple error inocente, es pseudociencia. Cuando, en Delft, un funcionario divulgó la creencia en ovnis, se formó un comité asesor. Los historiadores antiguos neerlandeses son conscientes de que la publicación de pseudociencia daña la reputación de la disciplina, pero a diferencia de esos funcionarios, no hacen nada para contrarrestarla.
La falta de explicación metodológica permite que muchos crean que cualquiera puede escribir historia. Si explicáramos el método, desanimaríamos a los “historiadores de pacotilla” como Tom Holland.
¿Cómo ha contribuido la arqueología al desarrollo de la cultura europea?
Los avances arqueológicos han sido la base de transformaciones clave: la Reforma surgió con la crítica textual; la secularización se apoyó en los estudios de cronología de Scaliger; la filogenia de los pueblos se definió mediante la comparación de lenguas; la teoría de la evolución de Darwin depende del método de crítica textual de Lachmann; el mito aria provino de una lectura descuidada de Tácito; y la creencia liberal en el progreso se sustentó en descubrimientos arqueológicos. Sin esos logros, la cultura europea tal como la conocemos sería inconcebible.
¿Quién y qué debe hacer para mejorar el conocimiento público de la arqueología?
Todo depende de la disposición de las universidades a difundir información. Actualmente, la arqueología académica tiene presencia escasa en internet, mientras que otras disciplinas aprovechan al máximo la web. Un ejemplo positivo es la página de la Universidad de Lovaina sobre los Juegos Olímpicos. Ignorar el entorno digital es como trabajar con pluma y pergamino cuando ya existe la imprenta.
¿Qué consejo le darías a los estudiantes de lenguas clásicas o historia antigua?
La arqueología es una disciplina fascinante, pero muchos programas no dedican suficiente tiempo a explicar cómo los métodos antiguos moldearon Europa. Es esencial que los estudiantes busquen por sí mismos la esencia de la materia, aunque el camino sea arduo. Además, la formación docente en humanidades está desactualizada; los estudiantes que quieran profundizar a menudo se encuentran con recursos insuficientes y, en ocasiones, con costes prohibitivos.
Mi consejo honesto es que, salvo que realmente te apasione la disciplina, consideres otras opciones antes de comprometerte a una carrera que aún carece de una estructura de apoyo adecuada.
¿No sigue siendo, a pesar de todo, un campo atractivo?
Claro que sí. Lo que falta es replantear si la universidad sigue siendo la mejor institución para albergar a las humanidades. De ahí la necesidad de mi libro.
Si la universidad ya no es el lugar idóneo, ¿cómo imaginas el futuro de la arqueología?
Primero, la arqueología debe volver a presentarse como una ciencia rigurosa. Los “antiquarios” no deben aparecer en los medios con curiosidades triviales; el foco tiene que estar en la aportación teórica. Solo así se reconocerá que la arqueología es una ciencia real, que la teoría es esencial y que no cualquiera puede escribir historia.
En segundo lugar, se necesita un modelo de financiación que priorice la transferencia de conocimiento a la sociedad, una obligación legal que hoy está relegada. Mientras los libros de divulgación popular sigan mostrando la importancia de, por ejemplo, las Guerras Persas para la cultura europea, los ciudadanos seguirán recibiendo información insuficiente a cambio de sus impuestos.
Por último, la transferencia adecuada es rentable. El público está hambriento de contenido sobre la antigüedad; los ingresos que hoy se destinan a historiadores marginales podrían invertirse en proyectos de divulgación de calidad, generando un círculo virtuoso que autofinancia la investigación.