Viajar en la Antigüedad: un lujo bajo la Pax Romana
En la antigüedad los desplazamientos eran incómodos: caminos ásperos, carruajes sin suspensión y la amenaza constante de bandidos. Aun así, hace 2 000 años la gente se aventuraba por placer y los lugares que visitaban siguen siendo atractivos turísticos.
El viaje acompañó a la humanidad desde sus inicios, motivado por la búsqueda de tierras fértiles, guerras o comercio. No fue hasta el comienzo de nuestra era, con la Pax Romana (≈ 30 a.C. – 200 d.C.), cuando el desplazarse se volvió más seguro. El Imperio romano alcanzó su máxima extensión: del Rin en el norte hasta el desierto marroquí en el sur, y del Éufrates en el este hasta el Atlántico en el oeste.
Dentro de ese vasto territorio no había fronteras internas y los ciudadanos podían circular libremente sin documentos. Una red de carreteras de unos 80 000 km conectaba las ciudades principales, y los puertos costeros facilitaban el tráfico marítimo. El denario imperial era aceptado en todo el imperio y, en el oeste, se hablaba latín; en el este, griego.
Por tierra o por mar
Los relatos de viajeros de los primeros siglos de nuestra era revelan los peligros que la naturaleza imponía: tormentas en alta mar, desiertos implacables y bandas de asaltantes en zonas remotas, pese a la propaganda imperial de “cero crimen”.
El confort también dejaba mucho que desear. Aunque las calzadas eran extensas, su calidad variaba; los carruajes sin suspensión vibraban sin cesar y las posadas estaban a menudo infestadas de roedores. Cuando era posible, los viajeros se alojaban con familiares o conocidos.
Viajar por tierra ofrecía libertad de horarios y rutas, con innumerables hospederías a lo largo del camino, aunque su nivel de comodidad era bajo. La mayoría se desplazaba a pie con un carro de equipaje, cubriendo unos 10 km diarios; los que utilizaban carruajes lograban entre 15 y 60 km al día.
Para trayectos largos, el mar era la opción más rápida y cómoda, siempre que el clima lo permitiera. Sin embargo, los barcos estaban diseñados para el transporte de mercancías, por lo que el viajero debía buscar un capitán dispuesto a aceptar pasajeros y adaptar su itinerario a los horarios de salida, que dependían del tiempo.
La navegación era principalmente estival; los marineros se guiaban por el sol y las estrellas, por lo que los cielos despejados eran imprescindibles. En invierno, la niebla, la lluvia y la nieve imposibilitaban la travesía, y se recomendaba evitar el mar de noviembre a marzo (el llamado mare clausum). Los turistas romanos partían entre mediados de junio y mediados de octubre, escapando del calor de la ciudad y disfrutando de sus villas rurales.
Guías y servicios invasivos
Con la Pax Romana, el turismo floreció. Los ciudadanos cultos visitaban Grecia para contemplar los orígenes de la civilización romana. Recorrían Atenas, Delfos, Olimpia y Esparta, lugares que siguen siendo destinos populares.
Los locales aprovecharon la afluencia creando alojamientos, puestos de comida y recuerdos, y surgieron los primeros guías “autopromocionales”. Cuando un cliente se quejaba, algunos propietarios aceptaban una “maldición” escrita en plomo y enterrada en un cementerio a cambio de una compensación.
Como un festival: los Juegos Olímpicos
Los Juegos Olímpicos, celebrados cada cuatro años en Olimpia desde 776 a.C., alcanzaron su apogeo bajo la Pax Romana, atrayendo alrededor de 40 000 espectadores de todo el imperio. La entrada era gratuita y los visitantes dormían en tiendas alrededor del templo de Zeus; los hoteles se agotaban con meses de antelación.
El espectáculo duraba cinco días: los dos extremos estaban dedicados a rituales religiosos y los tres intermedios a competencias deportivas. Además, se organizaban concursos de comida, belleza y actuaciones de artistas, fuego‑comedores, adivinos y hasta representaciones teatrales. Prostitutas, escritores y filósofos también formaban parte del bullicio.
Más allá de Grecia: Egipto y el lujo del viaje
Egipto también cautivaba a los romanos: las pirámides de Keops, el sol del Nilo y la fama de sus mujeres como remedios naturales. No siempre viajaban solos; existían tours organizados en carruajes cubiertos de cuatro ruedas (la rhaeda) o cruceros lujosos con piscinas, espectáculos y banquetes de chef.
En definitiva, el turismo romano mostraba que, aunque cambien los medios, el deseo de descubrir y disfrutar sigue siendo una constante humana.