El 12 de septiembre iremos a las urnas por sexta vez en diez años. Desde 1998 ningún gabinete ha completado su mandato de cuatro años. ¿Es eso una señal de que algo anda mal en nuestra democracia, tan dada por sentado? Más bien indica que el funcionamiento de la democracia sigue siendo objeto de debate, como siempre ha sido.
Pronto elegiremos a otros 150 representantes del pueblo que formarán un nuevo parlamento. Este controla al poder ejecutivo, al gobierno, y en la práctica tiene la última palabra en todo. Si una medida no cuenta con mayoría parlamentaria, no se aprobará. Los sistemas electorales y la formación de gobierno varían de un país a otro, pero el principio es casi sagrado. Las naciones con democracias parlamentarias sólidas lo presumen y no temen criticar a los regímenes antidemocráticos.
Tras la caída del comunismo en 1989, Europa del Este se democratizó rápidamente. Desde entonces no ha surgido un rival ideológico serio a la democracia parlamentaria. Muchos países han dejado atrás siglos de opresión; el sueño de la utopía democrática, iniciado con la Revolución Francesa, está casi completado. Sin embargo, la democracia no pertenece exclusivamente a Europa ni a los Países Bajos.
Al borde de la muerte
Durante el siglo pasado la democracia se forjó a base de ensayo y error, y en numerosas ocasiones estuvo al borde del colapso. Mirado así, resulta casi milagroso que hoy podamos volver a votar.
Tras la Primera Guerra Mundial, las tres grandes monarquías europeas —Rusia zarista, Austria‑Hungría y el Imperio Alemán— fueron derribadas por revoluciones internas. Exceptuando a la Rusia comunista, los nuevos estados surgidos adoptaron constituciones democráticas. En ese momento, la democracia parecía la única garantía de evitar otro conflicto bélico.
Sin embargo, como señala el historiador Mark Mazower en Dark Continent: The European Twentieth Century, la democracia pronto se convirtió en un “templo abandonado”. En el periodo de entreguerras quedó claro para muchos europeos que una democracia parlamentaria lenta y sin dientes era impotente frente a la profunda crisis económica y a los problemas sociales de la época.
En los Países Bajos también surgieron alternativas a la democracia parlamentaria. Ante la crisis, políticos y ciudadanos miraron con admiración a la Unión Soviética, cuya colectivización forzada y planes quinquenales de Stalin habían eliminado el desempleo y acelerado la industrialización. Italia, bajo el fascismo de Benito Mussolini, ofrecía otro modelo “mágico”.
Flirteos antidemocráticos
Movimientos antidemocráticos como el NSB alcanzaron cierto apoyo, pero los Países Bajos permanecieron democráticos hasta la ocupación alemana en 1940. No obstante, hubo flirtaciones de alto nivel con ideas antidemocráticas. Se sabe que Hendrikus Colijn, primer ministro entre 1933 y 1939, no era un gran defensor de la democracia.
En 1928 Colín visitó la Italia de Mussolini y, al volver, escribió en el periódico del Partido Anti‑Revolucionario (ARP): “El sistema individualista‑liberal ha tenido su día. Hay razones para buscar alternativas”. Le inquietaba la emancipación de la clase trabajadora y el auge del socialismo. “Si el fascismo funciona, Mussolini ha encontrado una alternativa genial (a la lucha de clases)”.
Aunque el ARP respetaba las normas democráticas, muchos de sus dirigentes, entre ellos Colín, estaban abiertos a otras opciones. Durante la formación de un gabinete de crisis en 1939, Colín comentó en privado a su futuro ministro de exteriores, De Graeff, que si el gabinete caía se abriría el camino al nacionalsocialismo. “Si se maneja bien, podría ser una prueba”, añadió.
«Principios que no son nuestros»
En junio de 1940, tras la ocupación alemana, Colín publicó el folleto «En la frontera de dos mundos», donde reiteró su aversión a la democracia y expresó la esperanza de que la ocupación marcara el inicio de una nueva era. Ya había sido primer ministro durante un año, lo que le permitió expresar sus ideas con mayor franqueza.
En público siempre se distanció de forma cuidadosa del nacionalsocialismo, repudiando su violencia y antisemitismo. Sin embargo, consideraba que la democracia había llegado a su hora final, describiéndola como “enferma, moribunda y permanentemente en bancarrota”. Según él, “la democracia moderna se sustenta en principios que no son nuestros”.
El folleto convirtió a Colín en una de las figuras más controvertidas de la política neerlandesa reciente. Muchos políticos se distanciaron de él, pero más por su aparente aceptación de la ocupación alemana que por sus críticas a la democracia.
La peor forma de gobierno
Hoy en día ningún político cuestiona los principios democráticos. Incluso Geert Wilders, a veces ferozmente anti‑político, nunca se muestra antidemocrático. En Europa sólo partidos extremistas marginales proponen abolir la democracia. Desde la Segunda Guerra Mundial, la conciencia democrática es tan fuerte que quien la pone en tela de juicio rara vez es tomado en serio.
Existen muchas variantes de democracia. Basta comparar la formación de gobierno en los Países Bajos con las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Ninguna variante es perfecta ni indiscutible. En los Países Bajos, la necesidad de acudir cada vez más a las urnas refleja esa imperfección.
“Muchos sistemas de gobierno se han probado y se seguirán probando en este mundo de pecado y maldad. Nadie afirma que la democracia sea perfecta o la más sensata. De hecho, se ha argumentado que la democracia es la peor forma de gobierno, salvo todas las demás que se han intentado de vez en cuando.” – Winston Churchill
Churchill no era un gran demócrata, y su frase surgió en el contexto de la posguerra, pero captura una verdad: la democracia no siempre funciona de forma óptima y debe adaptarse a los cambios de la época, aunque no exista una alternativa mejor. En busca de una sociedad estable, nos conformamos con ella.
Más información sobre nuestra (controvertida) democracia
- Archivo Elecciones (Kennislink)
- Fuego de turba en la democracia parlamentaria (artículo de Kennislink)
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- Miedo al pueblo (Science24)