historia historica

Influencia en la otra vida

El temor a la muerte no siempre ha sido absoluto; dependía de lo que se esperara después. La mayoría de las culturas concebían tanto un “cielo” como un “infierno”, y nadie quería acabar en este último. Afortunadamente, las acciones propias o de los familiares podían influir en el destino del más allá.

Valhalla y Helheim

El Valhalla vikingo es ampliamente conocido. Era la sala del dios Odín, un enorme salón de banquetes perpetuos con carne, hidromiel y música. Solo ingresaban los guerreros que morían con valor heroico; las valquirias seleccionaban a los más dignos en el campo de batalla y los llevaban al Valhalla. Esta creencia estimulaba a los vikingos a luchar con bravura, lo que pudo contribuir a su éxito militar.

Los guerreros no elegidos quedaban bajo el cuidado de la diosa Freyja, quien también acogía a las mujeres, ya que el Valhalla estaba reservado exclusivamente a hombres. Freyja los conducía a Fólkvangr, su palacio llamado Sessrumnir, donde, según el Gylfaginning, se escuchaban canciones de amor sin cesar, lo que sugiere que no era un destino desagradable.

Morir por enfermedad o vejez era el peor temor vikingo, pues llevaba al Helheim (o Niflhel), dominio de la diosa Hel. Era un lugar frío, oscuro y nebuloso, sin salida, donde la miseria reinaba. Algunas fuentes indican que nobles se clavaban una lanza al morir para evitar ese destino (Steinsland & Meulengracht Sørensen, 1998).

El inframundo egipcio

La larga historia de Egipto provocó cambios en su visión del más allá. La representación más conocida proviene del Nuevo Reino (1550‑1090 a.C.) y está documentada en los Textos de los Muertos.

Antes de acceder al reino de los muertos, el difunto debía comparecer ante Osiris y 42 jueces. Su corazón se pesaba contra la pluma de Maat. Si el corazón era más pesado, el monstruo Ammit (el Gran Devorador) lo devoraba, provocando una “segunda muerte”. No había un “infierno” per se, pero la perspectiva de esa segunda muerte era suficiente para que muchos egipcios buscaran evitarla.

Si el corazón no superaba a la pluma, el difunto era declarado justo y podía avanzar hacia el Khernet, convirtiéndose en una especie de Osiris viviente, “el que resucita”. Además del peso del corazón, el fallecido podía presentar su defensa ante los jueces, ayudado por textos y hechizos escritos en papiros (los Libros de los Muertos) que acompañaban al cuerpo.

Los Campos Elíseos y el Tártaro

En la tradición griega, el alma que abandonaba el mundo mortal debía recibir un funeral adecuado para poder entrar al inframundo de Hades. Si los ritos no se cumplían, el espíritu quedaba condenado a errar entre ambos mundos.

El ritual funerario duraba nueve días: el cuerpo se lavaba, se ungía, se vestía con ropas finas y se colocaba en un lecho. Se introducía una moneda en la boca del difunto para pagar al barquero Caronte en su travesía por el río Estigia. Los primeros tres días se dedicaban al lamento; del tercero al noveno, la casa del fallecido se consideraba impura y se limpiaba, ofreciendo a los visitantes agua para purificarse.

Si todo el proceso se realizaba correctamente, Hermes, mensajero de los dioses, guiaba el alma al inframundo, custodiado por el perro de tres cabezas Cerbero, que permitía la entrada pero impedía la salida. En la otra orilla del Estigia, los tres jueces – Minos, Rádamantis y Eaco – evaluaban la vida del difunto. El inframundo griego albergaba distintas áreas de condena, cuya asignación dependía más del capricho divino que de la conducta del mortal.