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El triángulo ruso de la muerte que une a Putin y Stalin

El triángulo ruso de la muerte que une a Putin y Stalin

¿Crees que la Unión Soviética invadió Afganistán para expandir el marxismo? ¿Que los zares y Stalin vivían en un mapa mundial totalmente distinto? ¿Que Putin tomó Crimea para proteger a los rusoparlantes de la zona? Lo más probable es que ninguna de esas ideas sea cierta; son simplificaciones que ignoran la estrecha relación entre geografía y política.

Rusia es un territorio inmenso: 16 000 000 km², 11 husos horarios y, aun hoy, se necesitan seis días en tren para recorrerla de extremo a extremo. Es el país más grande del planeta, dos veces más que EE. UU. o China, cinco veces la India y setenta veces el Reino Unido, pero su población apenas supera los 144 millones, menos que la de Nigeria o Pakistán.

El triángulo ruso de la muerte que une a Putin y Stalin

Durante siglos la élite rusa ha mirado hacia el oeste, mientras que su vasta zona asiática está escasamente poblada y protegida por la inmensidad del territorio. En la mente de Vladimir Putin, esa mirada occidental tiene la forma de una porción triangular de pizza. El borde delgado del “triángulo” es Polonia; a partir de ahí la extensa llanura europea del Norte se extiende desde el mar Báltico hasta los Cárpatos.

Para Rusia, Polonia es a la vez una ventaja y una amenaza. Es un corredor estrecho donde podrían concentrar fuerzas para bloquear un avance enemigo hacia Moscú. Pero, al avanzar, la base del triángulo se ensancha: a pocos cientos de kilómetros de la frontera rusa la anchura supera los 3 000 km, lo que haría extremadamente difícil defender toda esa línea.

Sin embargo, nunca se ha conquistado a Rusia por ese flanco, en gran parte gracias a su profundidad estratégica. Cuando un ejército alcanza Moscú, ya ha agotado sus líneas de suministro, un error fatal que cometieron Napoleón en 1812 y Hitler en 1941.

El triángulo ruso de la muerte que une a Putin y Stalin

Al final de la Segunda Guerra Mundial, la URSS controló gran parte de la Europa central y oriental que antes había sido ocupada por Alemania; algunos de esos territorios se incorporaron a la Unión Soviética, que empezaba a parecerse al antiguo Imperio ruso. En 1949, Estados Unidos y varios países europeos fundaron la OTAN para la defensa del Atlántico Norte. En respuesta, los estados comunistas bajo la influencia rusa formaron el Pacto de Varsovia, una alianza “de acero” que para los años 80 ya mostraba señales de corrosión y que desapareció tras la caída del Muro de Berlín en 1989.

Putin no es fanático del último presidente soviético, Mijaíl Gorbachov. Lo acusa de haber socavado la seguridad rusa y describe la desintegración de la URSS en los años 90 como “el gran desastre geopolítico del siglo”. Desde entonces, Moscú observa con recelo la expansión de la OTAN, que ha incorporado países que, según la narrativa rusa, se les prometió no adherir: República Checa, Hungría, Polonia, Bulgaria, los Estados Bálticos, Rumanía, Eslovaquia y Albania. La OTAN sostiene que nunca existió tal garantía.

Rusia, como toda gran potencia, piensa en plazos centenarios y sabe que en cien años pueden suceder cosas inesperadas. Hace un siglo nadie imaginaba que fuerzas estadounidenses estarían estacionadas a pocos cientos de kilómetros de Moscú, en Polonia y los estados bálticos. Quince años después de 1989, la mayoría de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia se habían unido a la OTAN o a la Unión Europea, una realidad que no abandona la mente de los dirigentes en la capital.

En el siglo XX, la Rusia comunista creó la Unión Soviética. Detrás del lema “¡Trabajadores del mundo, uníos!” el bloque era, esencialmente, una versión ampliada del Imperio ruso. Tras la Segunda Guerra Mundial se extendió del Pacífico a Berlín y del Ártico a la frontera con Afganistán, convirtiéndose en una superpotencia económica, política y militar que sólo Estados Unidos podía desafiar.

El triángulo ruso de la muerte que une a Putin y Stalin

Hacia finales del siglo pasado, el exceso de expansión, el gasto desmesurado, la economía imprudente y la derrota en Afganistán provocaron la caída de la URSS. La invasión soviética de Afganistán en 1979, destinada a apoyar al gobierno comunista contra los insurgentes islámicos, nunca buscó difundir el marxismo‑leninismo, sino asegurar el control de una zona estratégica que podría pasar a manos de cualquier rival.

Esa invasión avivó el sueño ruso de contar con un puerto en aguas cálidas, donde el mar no se congelara en invierno y se tuviera acceso libre a las rutas comerciales mundiales. Los puertos árticos, como Vladivostok, permanecen bloqueados por el hielo durante varios meses y están rodeados por el mar de Japón, controlado por Japón, lo que limita tanto el comercio como la proyección naval rusa.

Sin embargo, la geografía montañosa de Kandahar y los Altos del Indo han convertido a Afganistán en la “Tumba de los Imperios”. El anhelo de una salida al mar cálido sigue distante; la falta de un puerto libre en aguas templadas es el talón de Aquiles de Rusia, tan estratégico como la llanura europea del norte. Su única ventaja comparativa es la abundancia de petróleo y gas.

Al disolverse la URSS, surgieron quince estados independientes. Desde una perspectiva histórica, cada uno sigue siendo crucial, al igual que algunos antiguos miembros del Pacto de Varsovia. Países prooccidentales como Georgia, Ucrania y Moldavia desean integrarse a la OTAN o a la UE, pero su proximidad a Rusia y la presencia de tropas o milicias prorrusas hacen que cualquier adhesión desencadene un conflicto.

Esta realidad explica por qué, en 2013, Putin se vio obligado a anexar Crimea, no solo por la población rusoparlante, sino por el puerto estratégico de Sebastopol. Fue una respuesta a la expansión oriental de la OTAN; como dijo en su discurso de anexión: “Rusia se encontró en una posición de la que no podía retroceder. Si empujas un resorte hasta su límite, volverá con fuerza. Debes recordar eso siempre”.

Perder Crimea significaría perder el único puerto de aguas cálidas con acceso al Mediterráneo. Ucrania no recibió ayuda externa mientras perdía territorio del tamaño de Bélgica; los vecinos comprendieron la verdad geográfica: sin ser miembro de la OTAN, Moscú está demasiado cerca y Washington demasiado lejos.

Putin estudia la historia y parece haber interiorizado la lección soviética de la sobreextensión. Desde Pedro el Grande hasta Stalin y el actual Putin, cada líder ruso enfrenta los mismos problemas. Ideología aparte —zarista, comunista o capitalista— los puertos siguen congelados y la llanura europea del norte permanece plana. Más allá de las fronteras actuales, el mapa que vio Iván el Terrible hace medio milenio es el mismo que observa Vladimir Putin hoy.

PD: ¿Quieres saber más sobre cómo la geografía influye en la política internacional contemporánea? Las respuestas están en el libro de Tim Marshall “Prisioneros de la Geografía”, traducido por S. Katsoula. El triángulo ruso de la muerte que une a Putin y Stalin