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Cómo nació IKEA: de un pastel a un imperio del mueble

No puedes pasar por alto las tiendas IKEA. ¿Sabías que su nombre es un acrónimo? Proviene del fundador Ingvar Kamprad, de la granja familiar Elmtaryd y del pueblo Agunnaryd, donde creció. Los colores amarillo y azul hacen referencia a la bandera de Suecia.

En 1943, a los 17 años, Kamprad empezó a fabricar réplicas del mesa que su tío Ernst tenía en la cocina. Cinco años después fundó una empresa de venta por catálogo de muebles genéricos. El primer local abrió sus puertas en 1958 en Älmhult, en la región de Småland, y se llamó Möbel‑IKEA (muebles IKEA). En realidad vendía los componentes de madera, dejando al comprador la tarea de ensamblarlos.

En 1956 introdujo el embalaje plano, que redujo drásticamente los costes de almacenaje y transporte, beneficiando al consumidor. Kamprad era famoso por su frugalidad: incluso cuando ya era multimillonario seguía conduciendo el mismo Volvo durante décadas y reutilizaba las bolsas de té.

Hacia el final de su vida admitió que su mayor error había sido su vinculación con el movimiento fascista sueco de los años 40.

La expansión internacional comenzó en 1963 (Noruega) y siguió con Dinamarca (1969), Suiza (1973), Alemania Occidental, Japón (1974), Australia, Canadá, Hong Kong (1975), Singapur, Países Bajos (1978), Francia, España (1981), Bélgica (1984), EE. UU. (1985), Reino Unido (1987), Italia (1989) y, finalmente, Grecia (1999) y la República Dominicana (2010).

Cómo nació IKEA: de un pastel a un imperio del mueble

En sus 17 años Kamprad no imaginaba que cambiaría la forma en que el mundo percibe el mueble.

El "efecto IKEA"

Un estudio de la Harvard Business School (2011) liderado por el profesor Michael I. Norton describió el fenómeno: "El esfuerzo propio aumenta la valoración del producto, incluso si su calidad es baja". En otras palabras, al construir algo con nuestras manos tendemos a sobrevalorarlo.

Este sesgo psicológico alimentó la tendencia global del DIY (hazlo tú mismo), que lleva más de noventa años vigente.

El origen inesperado: la mezcla para pasteles

A principios de los años 30 apareció en EE. UU. la primera mezcla de pastel lista para usar, creada por John D. Duff en Pensilvania. Tras patentarla en 1933, la mezcla consistía en harina deshidratada y azúcar; la única acción requerida por la ama de casa era añadir huevos.

El truco estaba en que, aunque el proceso fuera sencillo, la mujer debía intervenir de alguna forma. Ese pequeño gesto le daba la sensación de participar y, por tanto, de valorar más el resultado final.

Investigaciones anteriores, como la de Leon Festinger (1957) sobre la "justificación del esfuerzo", ya señalaban que tendemos a valorar más lo que hemos construido con nuestro propio trabajo.

Cómo nació IKEA: de un pastel a un imperio del mueble

¿Qué hizo Harvard?

En el marco del estudio de Norton, se realizaron cuatro experimentos con voluntarios (en 2018 había 445 tiendas IKEA en 53 países y ventas por 38,8 mil millones de euros). Los resultados fueron claros:

  • Los participantes valoraron una caja IKEA ensamblada por ellos mismos un 62 % más que una idéntica ya montada.
  • Al crear origami, pagaron 460 % más por sus propias figuras que por las de otros.
  • En pruebas con sets de LEGO, cada persona sobrevaloró su propio trabajo frente al de su compañero.
  • Cuando se interrumpía la construcción a mitad, la caja incompleta recibía una valoración mucho menor.

Los autores concluyeron que el “efecto IKEA” se potencia cuando el trabajo se completa con éxito; si la tarea queda inconclusa o se percibe un error, la valoración disminuye.

Este efecto explica por qué hoy día millones de personas siguen tutoriales en YouTube para armar muebles, decoraciones o gadgets: el esfuerzo en sí mismo ya es una recompensa.

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