Introducción
Desde la Roma de Octaviano hasta la era digital, el consentimiento de las masas ha sido decisivo para la toma y el mantenimiento del poder. Su apoyo ha permitido transformar estructuras políticas, religiosas y sociales de forma profunda.
La visión marxista de las masas
Según el marxismo ortodoxo, las masas populares son el motor oculto de la historia. Son anónimas, sin rostro, pero forman la base sobre la que se erigen los grandes protagonistas: Napoleón, Colombo, Hitler, Lenin, Washington, Garibaldi, entre otros. Desde esta perspectiva, la historia no la escriben unos pocos “hombres grandes”, sino millones que, en la sombra, hacen posible su fama.
De la marginalidad a la centralidad
Hasta la segunda mitad del siglo XVIII, los historiadores consideraban a las masas como actores marginales. Con la Ilustración y el ascenso de la burguesía, comenzaron a reconocerse como sujetos históricos. El surgimiento de la clase obrera y campesina permitió que las masas reivindicaran su identidad y participaran activamente en los procesos políticos.
Ejemplos históricos
En la Roma republicana, la movilidad social permitió que el sobrino de un recaudador de impuestos llegara a ser emperador. En el siglo XVIII, la independencia de EE. UU. y la Revolución Francesa mostraron cómo la voluntad popular podía derribar regímenes aristocráticos. Napoleón, al presentarse como portador de los ideales revolucionarios, utilizó la energía de las masas para expandir esos ideales por Europa.
Los levantamientos de 1848 consolidaron la demanda de un parlamento electo por sufragio universal y una carta constitucional, marcando la derrota definitiva del Antiguo Régimen. Revoluciones posteriores, como la rusa de 1917, demostraron el poder de la voluntad popular, aunque también sus vulnerabilidades ante la manipulación.
El siglo XX y la crisis de la democracia popular
Después de la Segunda Guerra Mundial, el horror del nazismo puso en tela de juicio la capacidad de la voluntad popular para gobernar sin caer en totalitarismos. Historiadores liberales señalaron cómo regímenes fascistas y el comunismo soviético manipularon a campesinos y obreros, convirtiéndolos en instrumentos de propaganda.
El auge de una nueva aristocracia financiera, basada en el “sangre verde” del capital, desplazó el poder de las masas hacia una élite globalizada. Las decisiones políticas pasaron cada vez más a instituciones supranacionales, reduciendo la participación directa de la ciudadanía.
El siglo XXI: masas virtuales y nuevos riesgos
En la era digital, las plazas físicas se han transformado en espacios virtuales donde la información circula a gran velocidad y la manipulación se vuelve más eficaz. Surgieron movimientos hipernacionalistas e individualistas que, bajo la apariencia de defensa del bienestar colectivo, niegan derechos a minorías y reproducen la lógica de exclusión que alimentó los crímenes del siglo XX.
El discurso de “defender al pueblo” vuelve a ser utilizado por líderes autoritarios que buscan concentrar el poder, tal como lo hicieron Octaviano, Napoleón o Hitler. La historia nos recuerda que la extrema concentración de poder suele terminar con la caída de los regímenes democráticos.
Conclusión
El papel de las masas populares ha sido, y sigue siendo, crucial para los grandes cambios históricos. Sin embargo, su vulnerabilidad a la manipulación y la apropiación de su energía por élites autoritarias representa un riesgo permanente para la democracia. Reconocer y fortalecer una participación ciudadana crítica y bien informada es la única vía para evitar que la historia repita sus episodios más oscuros.