Introducción
La historia de Roma abarca más de mil años, marcada por la acción de hombres y tiranos que construyeron la civilización más longeva de la humanidad. Su legado sirvió de modelo e inspiración para los pueblos que le siguieron.
De la monarquía a la república
En sus orígenes Roma fue una monarquía gobernada por siete reyes legendarios: Rómulo, Numa, Tulio Hostilio, Anco Márcio, Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. Según la tradición, el último fue expulsado y la ciudad juró no volver a ser gobernada por un monarca, dando paso a la mayor república que haya existido.
La República romana se caracterizó por un delicado equilibrio de poderes entre el Senado, los cónsules y los magistrados. Esta combinación reunía los tres modelos de gobierno preexistentes: la oligarquía del Senado, la monarquía representada por los dos cónsules y la democracia manifestada en la elección popular de los magistrados.
Aunque el sistema era inestable, las luchas de poder entre estas instituciones fueron contrarrestadas por la aparición de hombres virtuosos (y también de ambiciosos tiranos) que buscaron una mayor igualdad social, permitiendo que incluso los más humildes pudieran ascender.
Movilidad social y ejemplos destacados
Roma demostró una notable elasticidad social. El llamado “sueño romano”, análogo al “sueño americano”, permitía que un hombre sin recursos pudiera enriquecerse y alcanzar los más altos cargos del imperio. Un ejemplo es Tito Flavio Vespasiano, hijo de un usurero y sobrino de un cobrador de deudas, que pasó de ser tribuno latino a cuestor, procónsul en Germania y, finalmente, emperador tras la guerra civil que siguió al asesinato de Calígula.
Otro caso emblemático fueron los libertos de Claudio, antiguos esclavos que, liberados, llegaron a ocupar puestos de gran influencia en la burocracia imperial, convirtiéndose en algunos de los hombres más poderosos de su tiempo.
Del auge imperial al colapso
La movilidad social que caracterizó la República se intensificó bajo el Imperio, con la extensión gradual de la ciudadanía latina y luego romana a todos los habitantes del territorio. Sin embargo, la reforma militar de Mario en el siglo I a.C., que transformó al ejército de una fuerza voluntaria a una mercenaria, generó una pesada carga económica: el Estado debía mantener a miles de soldados con alimentos, agua, vino y salarios, convirtiendo al ejército en un peso insostenible durante los periodos de paz.
Esta presión, sumada a crisis económicas y sociales, condujo al inevitable colapso de un sistema que había durado casi medio milenio.
El fin del Imperio romano de Occidente
En el siglo IV, el Imperio se dividió en Oriente y Occidente, cada una siguiendo trayectorias distintas. Mientras el Imperio bizantino mantenía la continuidad romana, el Occidente se hundía en una decadencia acelerada. Finalmente, el jefe germánico Odoacro conquistó y saqueó Roma, proclamando el fin del Imperio romano de Occidente.
Así, la caída de Roma marcó el inicio de la Edad Media y los procesos que darían forma a los futuros estados nacionales.