La Declaración de Independencia y el surgimiento de una nueva nación
El 4 de julio de 1776, al firmarse la Declaración de Independencia, las trece colonias británicas de la costa este de América del Norte dejaron de ser territorios bajo dominio inglés y se convirtieron en una nueva entidad política: los Estados Unidos de América.
Una nación burguesa sin precedentes
Estados Unidos se configuró como la primera nación totalmente burguesa de la historia. Su aparición inaugura, directa o indirectamente, una nueva etapa en la historia de la humanidad que los historiadores denominan la Edad Contemporánea.
Entre la modernidad y la contemporaneidad
En realidad, el periodo que se extiende entre 1776 y 1848 ocupa un limbo historiográfico: combina rasgos de la modernidad del Antiguo Régimen con elementos propios de la contemporaneidad, en la que, al menos en teoría, la soberanía pasa del monarca al pueblo.
El ideal de igualdad
La Declaración proclamó un principio que pronto se volvería universal: “todos los hombres son iguales y poseen los mismos derechos”. Este ideal ilustrado quedó plasmado en la propia declaración, en las constituciones europeas posteriores y en las cartas de derechos fundamentales. Sin embargo, la práctica mostró una gran brecha: la igualdad se aplicó sólo a hombres blancos, acomodados y nacidos en Norteamérica o, a lo sumo, en Europa. La esclavitud persistió en la América post‑independiente.
El triunfo de la burguesía y el declive de la aristocracia
El 4 de julio de 1776 la burguesía estadounidense y los valores de la Ilustración vencieron al Antiguo Régimen, marcando el primer golpe contra las aristocracias tradicionales. En el siglo siguiente, esas aristocracias caían o se transformaban en monarquías parlamentarias.
El inicio de la Edad Contemporánea
Para muchos historiadores el nacimiento de EE. UU. señala el comienzo de la Edad Contemporánea; para otros, ese comienzo se sitúa en la Revolución Francesa, la primera revolución burguesa europea que desencadenó una serie de levantamientos hasta 1848.
El legado de la Declaración
Este documento definió los principios que regirían el nuevo mundo y la era emergente, sirviendo de modelo para constituciones y cartas de derechos en todo el planeta.
La expansión de la clase dominante
El triunfo burguesiano dio lugar a una nueva clase dominante, primero en EE. UU. y después en Europa, bajo figuras como Napoleón Bonaparte, quien, aunque hijo de la Revolución, siguió manteniendo rasgos del Antiguo Régimen mientras buscaba reorganizarlo a su favor.
Europa burguesa e industrial
En Europa, la burguesía, reforzada por la Revolución Industrial, creó un mundo basado en los ideales ilustrados: igualdad teórica entre los hombres, aunque la esclavitud continuara en EE. UU. y en Europa surgiera una nueva forma de servidumbre, una especie de feudalismo moderno donde las masas populares estaban subordinadas a los intereses de los nuevos amos burgueses, cuya riqueza provenía del comercio y la industria, no de la tierra.
Interconexión y comercio global
Desde 1776, el mundo burguesía experimentó una creciente interconexión entre estados y un intensificado comercio internacional, sentando las bases de la economía global contemporánea.
Reacciones y nuevas ideologías
Esta transformación abrió paso a nuevas visiones sociales y políticas, entre ellas el comunismo, que representó la respuesta de las clases subalternas a la exclusión burguesa. A lo largo del siglo XIX y especialmente en el XX, esas tensiones jugarían un papel central en la definición del poder mundial.