Introducción
Durante mucho tiempo se ha pensado que la vanidad es exclusiva de la mujer, pero los hechos desmienten ese cliché. Desde la Antigüedad, los hombres también se preocupaban por la belleza y el cuidado del cuerpo, y los romanos no fueron la excepción.
Rutinas de cuidado personal
Los varones de la ciudad acudían a los baños, practicaban gimnasia, aplicaban aceites y ungüentos, se afeitaban con regularidad y se perfumaban abundantemente. Sin embargo, una obsesión dominaba gran parte de sus vidas: el cabello.
Problemas capilares y primeras soluciones
Por motivos hormonales y genéticos, el pelo masculino tiende a ser más frágil y a adelgazar con mayor rapidez que el femenino. Al ser un problema común en todas las épocas, los romanos también buscaban remedios con los recursos y la imaginación de su tiempo.
Modas capilares
Una verdadera moda del cabello masculino surgió durante los reinados de Marco Aurelio y de la dinastía Severa. Los hombres mostraban peinados estudiados al detalle y, si era necesario, adelantaban el cabello para disimular la línea de cabello retrocedida o la calvicie incipiente – una práctica que hoy reconoceríamos como “cobertura”.
El papel de los barberos
Los tonsores (barberos) se convirtieron en figuras clave. Según relata Séneca, los jóvenes patricios «pasaban horas discutiendo la posición de un rizo y disfrutaban viendo el desorden del Estado más que el de su propia melena».
Colores y extravagancias
Los tintes también gozaban de gran popularidad. El estilo germánico o el rubio fueron los colores predominantes durante mucho tiempo, aunque no faltaron los excesos. El emperador Cómodo, por ejemplo, espolvoreaba su cabello con polvo de oro para que pareciera «una cabeza rodeada por un halo divino».
Augusto, el emperador sobrio
El único emperador que no sucumbió a la vanidad capilar fue Augusto. Pragmatico por excelencia, dedicó su energía a asuntos serios y apenas prestó la mínima atención necesaria al cuidado de su cabello.