El campo de concentración de Buna fue evacuado a mediados de enero de 1945, convirtiéndose en uno de los últimos campos en ser abandonados cuando el Ejército Rojo se acercaba.
Los escuadrones de la muerte forzaron a más de 7 000 prisioneros a emprender una marcha de la muerte hacia el campo de trabajo de Gross‑Rosen. Aproximadamente 2 500 de ellos fallecieron durante el trayecto, lo que llevó a los supervivientes a creer que serían ejecutados si no escapaban.
Un oficial ordenó que 250 prisioneros en buen estado físico huyeran, concediéndoles solo cinco minutos de raciones y todo lo que pudieran cargar. Todos los que lograron escapar sobrevivieron a la guerra.