El carbón y el aire
Aunque parezca increíble, los problemas de contaminación del aire comenzaron hace casi mil años. Ya en el siglo IX se quemaba carbón (no carbón vegetal) extraído de la costa noreste de Inglaterra como combustible. El humo impregnó el aire de Londres, volviéndose insoportable respirar.
Unos siglos después, el rey Eduardo I (1272‑1307) prohibió su uso en el reino. La prohibición, promulgada en 1307, respondía tanto al olor desagradable como a los efectos nocivos para la salud.

«El aire está contaminado en una gran zona… en detrimento de la salud de los ciudadanos», declaró el rey a sus alguaciles. Ordenó el uso de materiales alternativos, como la madera.
Desde el siglo XIII se impusieron restricciones al uso del carbón para evitar los riesgos sanitarios de la contaminación atmosférica.
Su sucesor, Eduardo II (1307‑1327), endureció la medida: quien contaminara el aire con humo de carbón sería interrogado. Sin embargo, bajo Ricardo II (1377‑1399) la norma se suavizó, optando por gravámenes. Más tarde, bajo Enrique V (1413‑1422), se creó una comisión para regular la entrada de carbón a Londres.

En aquella época había escasa información científica sobre los peligros del humo, pero resultaba notable la rapidez con la que se adoptaron medidas drásticas. Hoy sabemos que la combustión del carbón libera partículas, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno y otras sustancias nocivas para la salud.
El declive de las medidas en el siglo XVI
En el siglo XVI, la expansión demográfica provocó la tala de bosques. Al agotarse la madera, el carbón se volvió indispensable. Con la Revolución Industrial, aumentó rápidamente el número de industrias alimentadas por carbón, y las chimeneas mal diseñadas empezaron a empañar el cielo.

La reina Isabel I también se quejó del problema: prohibió la quema de carbón en Londres, aunque solo cuando el Parlamento estaba en sesión.
«Me duele y me irrita el sabor y el humo… El aire está infectado y corrompido, poniendo en peligro a quienes frecuentan y habitan estos lugares», Isabel I de Inglaterra.
El transporte ferroviario, impulsado por locomotoras de vapor alimentadas con carbón, oscureció los barrios. En 1950, en Glasgow, Escocia, se reportaron tres toneladas de hollín por acre al año. Mientras los pobres vivían en la miseria, los ricos se refugiaban en colinas o escapaban al campo los fines de semana.
El médico de la corte de Isabel I ideó un método para eliminar el azufre del carbón, pero resultó costoso e inestable.
Renacimiento de la lucha contra la contaminación
Con la expansión de la Revolución Industrial, la contaminación del aire se extendió a otros países. La primera mitad del siglo XX vio un resurgir de los esfuerzos por controlarla.
En 1952, una densa niebla (el Gran Smog) cubrió Londres. Los niveles de partículas alcanzaron hasta 4 mil millones de g/m³ y permanecieron atrapados en el valle del Támesis durante varios días. La mortalidad se quintuplicó. Aunque la causa exacta aún se debate, se atribuye al dióxido de azufre. El desastre motivó al Parlamento Europeo a promulgar normativas para evitar tragedias similares.
Fuentes
Particles in Our Air: Concentrations and Health Effects, por Richard Wilson y John D. Spengler.