El aumento constante de la presencia española en Marruecos supuso un esfuerzo económico insostenible y sumió al país en una guerra abierta. Desde 1912, cuando se estableció el protectorado, más de 65.000 soldados fueron enviados al norte de África. Este conflicto no contaba con adeptos, salvo entre los jóvenes oficiales del ejército africanista, quienes obtenían con rapidez condecoraciones y ascensos. La disparidad entre ellos y los oficiales estacionados en la península generó resentimientos. Aunque España no participó en la Primera Guerra Mundial, no escapó del clima internacional bélico. En 1917, tras la euforia económica inicial derivada de la no intervención, diversos sectores económicos y sociales iniciaron protestas que iban desde demandas corporativas hasta movimientos de corte revolucionario en todo el territorio.
Pronunciamiento de Primo de Rivera
El máximo protagonismo del ejército en la vida pública alcanzó su punto álgido el 13 de septiembre de 1923, cuando el general Miguel Primo de Rivera, capitán general de Barcelona, lanzó un pronunciamiento que desembocó en la dictadura. En el manifiesto, pese a afirmar que «no debemos justificar nuestro acto», enumeró los males que, según él, aquejaban al país: asesinatos, robos, devaluación de la moneda, intrigas políticas, propaganda comunista y separatista, entre otros. En Madrid se constituyó inmediatamente una Dirección militar respaldada por el rey Alfonso XIII, vinculando así el destino de la monarquía al del nuevo régimen. El intervencionismo militar, tras este éxito, se convirtió en un constante anti‑liberal en futuras crisis.
Gobierno de Primo de Rivera
La dictadura intentó resolver de raíz dos problemas principales: Marruecos y el orden interno. En el primero, tras el desembarco de Alhucemas facilitado por un acuerdo con Francia, se logró la pacificación. En cuanto al orden público, las protestas fueron reprimidas y, sin desaparecer del todo, atenuadas. La oposición surgió principalmente en el ámbito universitario e intelectual. Unamuno, exiliado a Fuerteventura en 1924, se convirtió en símbolo de la resistencia contra Primo de Rivera y su movimiento corporativo‑anti‑liberal. Las protestas universitarias, que iniciaron en 1928 cuando la Iglesia obtuvo la facultad de otorgar títulos (especialmente a los jesuitas de Deusto), culminaron con el cierre de la Universidad de Madrid en 1929 y la renuncia de cátedras por parte de figuras como Ortega y Gasset, Jiménez de Asúa y Sánchez Román.
Aunque al principio el régimen logró notables éxitos económicos –un ambicioso plan de obras públicas, fuerte crecimiento de la producción industrial y la creación de empresas estatales–, no supo construir un sistema político capaz de atender las crecientes demandas sociales. En 1924, imitando a la Italia de Mussolini, intentó fundar un partido propio, la Unión Patriótica, que fracasó estrepitosamente por falta de ideología clara, instituciones sólidas y apoyo popular. Además, parte del propio ejército se mostró reacio; el descontento por los ascensos provocó la declaración de estado de guerra en 1926 y, en 1929, la disolución del Cuerpo de Artillería. Cuando la situación económica se deterioró a partir de 1929 y la movilización contra la dictadura se intensificó, su caída se volvió inevitable.