Introducción
Si observas detenidamente la mayoría de las esculturas clásicas, notarás un detalle constante: uñas perfectamente recortadas en manos y pies. Aristófanes describía el ideal masculino de la época como "un buen pecho, tez clara, hombros anchos, lengua moderada, nalgas fuertes y un pene pequeño pero delicado". Un miembro exagerado habría alterado la proporción y la simetría que los escultores buscaban. Tras aclarar ese mito, pasemos a lo que realmente importa: el cuidado de las uñas.
El barbero romano: mucho más que un peluquero
Al igual que sumerios, egipcios y griegos, los romanos dedicaban gran atención a la higiene y la estética. Los tonsores atendían el cabello de cabeza y rostro, mientras que el alipilarius se encargaba del vello corporal. Los ciudadanos adinerados tenían su tonsor particular en casa; el resto acudía a las tonstrinae (barberías) o contrataba a los vendedores ambulantes que ofrecían sus servicios. Con la ayuda de los circitores (aprendices), los tonsores cortaban, peinaban, afeitaban, depilaban, limpiaban oídos… y, entre charla y chisme, realizaban manicuras y pedicuras que podían durar horas.
Manicura y pedicura en la Roma antigua
Para estos tratamientos, los barberos disponían de un pequeño arsenal de herramientas especializadas:
- Pequeños cuchillos de acero para recortar la carne y la cutícula.
- El forfex, una especie de cortaúñas de diferentes tamaños, precursor de nuestras pinzas modernas.
- Una cuchara curva utilizada para raspar la suciedad bajo la uña.
Estas piezas, aunque rudimentarias, permitían a los romanos mantener uñas limpias y perfectamente alineadas, reflejando su preocupación por la apariencia y el orden.

