Historia de Europa

¡Cuánto daño le provocó Ben‑Hur a la marina romana!

Aunque a nivel táctico la batalla de Actium no alcanzó la magnitud de los grandes enfrentamientos navales entre Roma y Cartago durante la Primera Guerra Púnica, sí marcó el fin de una era en la guerra marítima. Con este duelo se cerró el período helenístico, dando paso a una forma de combatir y a un tipo de nave que reemplazó los cánones que habían dominado el Mediterráneo hasta entonces.

Los mitos que rodean a las galeras antiguas

Los épicos combates entre trirremes y quinquerremes, con sus velas infladas al viento y sus remeros encadenados, son más una ficción medieval que una realidad histórica. En la Marina romana de la época las naves –desde el veloz birremo hasta el colosal decere de dos mástiles, tres torres de artillería y diez filas de remos– eran tripuladas por soldados libres. Cada uno tenía una función: remar, navegar, atender la artillería o luchar en cubierta. No existían esclavos encadenados bajo los bancos del remo como ocurre en las galeras de Lepanto.

Otro error frecuente es imaginar que las flotas partían con sus mástiles y velas ya izados. En realidad, los mástiles y la mayor parte de la vela quedaban a bordo hasta el momento de la maniobra; cualquier cuerda suelta podía atrapar al enemigo o servir de llama para los arqueros rivales.

Las tácticas reales

Si bien los barcos se embestían con sus púas de bronce, la técnica más usada era el periplous, una maniobra de rodeo continuo que permitía lanzar todo tipo de proyectiles al enemigo antes de intentar abordarlo. Esta táctica fue la favorita de cartagineses, piratas de Cilicia y, con gran éxito, de Sexto Pompeyo en Sicilia.

Marco Vipsanio Agripa, más ingenioso que hambriento, ideó una especie de arpón retráctil que le permitía cazar birremes y trirremes como si fueran atunes atrapados en una red.

El fuego, por su parte, se empleaba como último recurso, ya que resultaba tan peligroso para quien lo lanzaba como para quien lo recibía. En Actium los romanos lo usaron solo después de confirmar que la flota de Cleopatra había escapado con su tesoro.

El escenario de Actium

Era la mañana tormentosa del 2 de septiembre de 31 a.C., en la estrecha boca del golfo de Ambracia (actual golfo de Arta, Grecia). Marco Antonio disponía de poco más de doscientos barcos, que formó en un arco alrededor del estrecho, dejando a Cleopatra en la retaguardia con su escuadrilla egipcia y los transportes. Los tres bloques fueron comandados por Gayo Sosio (flanco izquierdo), Marco Insteyo (centro) y Gelio Publícolo, con Antonio supervisando la operación.

En el lado opuesto, la flota de Octavio contaba con un número ligeramente mayor de embarcaciones, pero mayormente birremes y trirremes, frente a los pesados quinquerremes, sextos, octavos y decas de Antonio y Cleopatra. Marco Lurio dirigía el flanco izquierdo, Lucio Arrunto el centro y Marco Agripa, el verdadero genio militar de Octavio, el flanco derecho, bajo la atenta mirada del joven César.

El desarrollo del combate

Tras varias horas de espera bajo una ligera llovizna, el primer movimiento salió de las filas de Antonio. Su flanco y el centro de Insteyo comenzaron a avanzar al noroeste, intentando abrir una brecha en la línea octaviana. La lucha se intensificó en ese sector y, al mediodía, el viento cambió de dirección, soplando del sureste y favoreciendo la navegación hacia el Peloponeso.

Según el plan preestablecido, Cleopatra izó anclas en cuanto su navarca avisó del cambio. La verdadera estrategia era esperar el viento favorable para soltar las velas y escapar rápidamente del "cazador" que se había convertido en el golfo de Ambracia.

El avance del flanco derecho de Antonio provocó la ruptura del centro octaviano, creando una brecha de casi dos millas que Cleopatra aprovechó para zambullirse a toda velocidad. Mientras tanto, Antonio quedó atrapado en su flanco, donde las ligeras naves de Agripa dominaban el periplous, hostigando sin cesar sus pesados trirremes.

Antonio tuvo que cambiar de barco y reunir a los navíos rezagados para intentar alcanzar a la reina. Gelio Publícolo y Marco Insteyo permanecieron en la boca del golfo, disfrazando una fuga completa como una batalla. Plutarco y Dión Casio narran que la flota de Antonio y Cleopatra salió al combate con sus mástiles izados, pero ningún estratega antiguo habría alineado sus barcos de esa forma; el plan era, de hecho, escapar con las velas aún plegadas.

Octavio se enteró de la verdadera intención gracias a la denuncia oportuna de Quinto Délio, antiguo legado de Antonio que cambió de bando por rencores personales contra Cleopatra.

Consecuencias

La derrota fue desastrosa para la pareja. Gayo Sosio entregó su flanco sin combatir, probablemente bajo un acuerdo con Octavio. Los destinos de Gelio y de Insteyo son inciertos, aunque se presume que cubrieron la retirada de Antonio. Publio Canidio Craso, su más fiel colaborador en tierra, huyó a Egipto tras la rendición de sus diecinueve legiones.

Antonio y Cleopatra lograron salvar el tesoro de guerra y cerca de setenta barcos, pero quedaron sin tropas regulares y sin capacidad de resistencia frente a Octavio. Solo era cuestión de tiempo antes de que los romanos los acorralaran en Alejandría, allanando el camino al nuevo príncipe.

Colaboración de Gabriel Castelló, autor de Achi­enemigos de Roma