Del declive medieval al Renacimiento
En el siglo XV, tras la crisis del mundo medieval, Europa buscó reencontrar los valores de la cultura grecorromana. Así nació el Renacimiento, cuyo motor principal fue el arte, aunque también hubo avances científicos. El feudalismo quedó atrás y surgió una nueva clase social: la burguesía, precursora del capitalismo y la economía mercantil. Esta clase impulsó el Iluminismo del siglo XVIII, que a su vez desencadenó la Revolución Francesa (Liberté, égalité, fraternité) y la Revolución Industrial.
Al compararse con la sociedad medieval, dominada por reyes, nobles y clero, resultó fácil presentar la Edad Media como una época de oscuridad, ignorancia y barbarie, superada solo cuando triunfaron los ideales de la modernidad: razón, espíritu crítico, progreso científico y liberalismo.
¿Quién creó este mito?
El principal artífice fue el italiano Francesco Petrarca, poeta y humanista del siglo XIV. Su vida estuvo marcada por la desgracia: sufrió heridas graves, crisis religiosas, constantes mudanzas, conflictos familiares y enfermedades. Murió en 1374, y sus restos fueron trasladados seis veces; la última exhumación en 2003 reveló que el cráneo que se conservaba no era el suyo, sino el de una mujer de otro siglo, y que le faltaba el brazo derecho, presuntamente robado por un fraile en 1630.
Petrarca no solo padeció adversidades personales; también vivió una época de colapso económico, cultural y demográfico: la Guerra de los Cien Años, la Pequeña Edad de Hielo, la Peste Negra y el cautiverio papal en Aviñón (1309‑1377). El Papa Clemente V, bajo la protección del rey francés, trasladó la corte papal a Aviñón, donde los pontífices vivieron en lujosos palacios pero bajo la influencia francesa.
«Aviñón es la vergüenza de la humanidad, una cueva de vicios, una cloaca donde se encuentra toda la suciedad del mundo. Allí se desprecia a Dios, solo se venera el dinero, y se pisotean la ley divina y la humana. Todo allí respira mentira: el aire, la tierra, las casas y, sobre todo, los aposentos papales. Adoran a Venus y Baco más que a Jesucristo.»
Para Petrarca, la caída de Roma había sumido la creación artística y literaria en un abismo del que era necesario rescatar a las Musas. No se limitó a lamentar el pasado; sentó las bases del Renacimiento, proponiendo una división temporal de la historia: una primera época clásica grecorromana, una segunda de barbarismo y oscurantismo (la Edad Media), y una futura tercera de renacimiento del esplendor clásico.
«Mi destino es vivir entre tormentas confusas. Tú, si –como anhela mi alma– sobrevives muchos años más, tal vez te aguarden tiempos mejores; este letargo de olvido no durará para siempre. Con la oscuridad disipada, nuestros nietos volverán a caminar bajo el puro brillo del pasado.»
La consolidación del esquema de tres edades
En el siglo XV, el humanista italiano Flavio Biondo formalizó la división en tres edades (Antigua, Media y Moderna), describiendo la Edad Media (medium aevum) como una larga noche de mil años entre dos eras gloriosas.
No se trata de negar que hubo siglos oscuros, pero también hubo siglos de luz: surgieron las primeras universidades, el arte gótico y majestuosas catedrales, los gremios de artesanos, el crecimiento de las ciudades, la abolición de la esclavitud romana, la navegación con la brújula, la pólvora y la imprenta, y hospitales vinculados a órdenes religiosas que atendían a enfermos y peregrinos.
Conclusión
Una época tan extensa como la Edad Media contiene matices de luz y sombra. No debemos permitir que los sombras eclipsen los logros y avances que también caracterizaron esos mil años.