Historia de Europa

El vikingo, ¿nace o se hace?

La Iglesia está bañada en sangre por los sacerdotes de Dios, huérfana de todos sus objetos y expuesta al saqueo de los paganos. ¡Del furor de los nórdicos, líbranos, Señor!

Los vikingos: mito y realidad

Frases como la anterior hacen pensar que la reputación de los nórdicos está cubierta de sangre, brutalidad y pillaje. No es casualidad: la mayoría de esos relatos provienen de monjes que sufrieron los ataques y de las Eddas y Sagas, escritas cuando ya estaban cristianizados y habían abandonado a sus dioses paganos. Por eso, la imagen del guerrero con casco con cuernos es más un recurso teatral que una realidad histórica. Los cuernos, según la tradición, servían para llamados a la guerra y para beber hidromiel en los festines de Odín, quien bebía como si no hubiera mañana.

Los verdaderos nórdicos de los que hablamos son los que hoy llamamos (incorrectamente) vikingos. El término no describe a una raza, sino una actividad: el vikingo se hace, no nace. No todos los escandinavos eran vikingos; solo los que partían en expediciones —comerciales, exploratorias o de saqueo— asumían ese papel. Los que se quedaban en sus tierras, trabajando la tierra, pescando o cuidando el ganado, no lo eran. Los que sufrían esas incursiones eran simplemente daneses, noruegos o suecos (várguicos en Europa del Este).

El vikingo, ¿nace o se hace?

La imagen popular muestra a hombres altos, rubios y tatuados, descendiendo de barcos largos para desmembrar a sus víctimas con hachas y cuchillos. Es cierto que saqueaban, pero también fueron grandes exploradores y comerciantes. Entre los siglos VIII y XI llegaron al Mar Negro, las costas eslavas, Inglaterra, Escocia, el Mediterráneo, Constantinopla, sitiaron París, subieron por el Sena y, en una rápida incursión, saquearon Sevilla a través del Guadalquivir. Fundaron ducados, el reino de Sicilia, la Rus de Kiev (germen de Rusia) y establecieron asentamientos permanentes en Islandia y Groenlandia; incluso llegaron a Terranova (actual Canadá), casi 500 años antes de Colón, aunque no lograron consolidar una colonia duradera.

El vikingo, ¿nace o se hace?

Su éxito se basó en una navegación experta y en sus famosos drakkars. Estos barcos largos y estrechos tenían quilla casi plana y calado bajo, lo que les permitía navegar tanto en mar abierto como en ríos. Contaban con un mástil desmontable y una vela cuadrada, pero la verdadera maniobrabilidad la proporcionaban los remeros. El casco ligero y simétrico en proa y popa facilitaba los giros sin necesidad de timón; en caso de obstáculos, podían desmontar el mástil y transportar la embarcación por tierra.

Una incursión típica

Imaginemos que desembarcamos en la costa de Inglaterra y encontramos un monasterio. Un monje, armado solo con su crucifijo de oro y piedras preciosas, se enfrenta a nosotros. Sin duda, los vikingos tomarían el crucifijo y cualquier objeto valioso, mientras los monjes huirían como pollos sin cabeza. Los tesoros de los monasterios—cajas de joyas, cubiertas de libros con gemas—eran blanco fácil. La crónica de la época describía: "La Iglesia está bañada en la sangre de los sacerdotes de Dios, huérfana de todos sus objetos y expuesta al saqueo de los paganos". Los vikingos no respetaban esos lugares sagrados, pues los consideraban vulnerables y sin defensa.

El vikingo, ¿nace o se hace?

¿Fueron tan crueles?

Las incursiones típicas involucraban unas cuantas naves con unos 50 guerreros cada una. El factor clave era la sorpresa y la velocidad. Si los monjes recibían la alerta de "¡Los vikingos llegan!", tendrían tiempo de esconder o enterrar sus tesoros, lo que complicaba el saqueo. Los vikingos no buscaban asedios prolongados ni batallas a gran escala; una larga estancia los expondría a contraataques. Por eso, la crueldad era medida: tomaban lo valioso, dejaban pocos sobrevivientes que pudieran advertir a otras comunidades y evitaban enfrentamientos que pudieran arriesgar sus vidas.

El vikingo, ¿nace o se hace?

En resumen, los vikingos sí fueron violentos, pero esa violencia estaba pensada como una herramienta de propaganda. Al sembrar el terror, facilitaban futuros saqueos. Su reputación de "bestias salvajes" fue, en parte, una campaña de marketing que les permitió operar con mayor facilidad en tierras ajenas.