Se suele decir que, salvo pocas excepciones, las adaptaciones cinematográficas o televisivas de novelas rara vez alcanzan la calidad de la obra original. Cada director e intérprete plasma a los personajes con su propia visión, y es imposible complacer a todos los lectores, especialmente a los más acérrimos admiradores. Además, trasladar a la pantalla descripciones, pensamientos y matices escritos siempre deja algo fuera, y a menudo falta esa sensación de "yo lo vi primero" que algunos espectadores exigen.
Excepciones notables
Películas como El nombre de la rosa o Lo que el viento se llevó son citadas como casos en los que la adaptación funciona. Para mí, la mejor es la serie de la BBC de los años 70, I, Claudius, basada en las novelas de Robert Graves I, Claudius y Claudius the God. La vi por primera vez en TVE, la volví a disfrutar en VHS y luego en DVD; seguramente ahora está disponible en plataformas digitales y la recomiendo a quien aún no la ha visto.


Un proyecto anterior desconocido
Recientemente descubrí que la famosa versión británica, con Derek Jacobi como el torpe y tartamudo Claudio, no fue el primer intento de adaptar la obra de Graves. Lo sorprendente fue conocer a los nombres que estaban involucrados en ese primer proyecto.
Alexander Korda y la ambición británica
En los años 30, el cine británico se sentía eclipsado por Hollywood y recurrió a producciones de bajo presupuesto. El productor húngaro‑británico Alexander Korda decidió cambiar la tendencia apostando por el cine histórico. Su primer gran éxito fue The Private Life of Henry VIII, protagonizado por Charles Laughton, que triunfó tanto en Reino Unido como en EE. UU. Continuó con Catherine the Great, The Scarlet Pimpernel y Rembrandt, contando con actores como Laughton, Merle Oberon y Laurence Olivier.

El ambicioso plan de 1937
En 1937 Korda quiso llevar a la gran pantalla la vida del emperador romano Claudio, adaptando las novelas de Graves. Contactó al propio autor para obtener los derechos y revisar el guion. El papel protagónico, naturalmente, quedó destinado a Charles Laughton.
Korda ofreció la dirección al legendario Josef von Sternberg, cineasta alemán que había descubierto a Marlene Dietrich en The Blue Angel y que, tras la llegada al poder de Hitler, se había exiliado en Hollywood. Sternberg aceptó, con la condición de que él eligiera al resto del elenco, salvo Merle Oberon, ya contratada para el papel de Messalina. Laughton, por su parte, también solicitó a Sternberg como director.


Reparto y desafíos
Flora Robson, conocida por interpretar a Isabel I, fue elegida para Livia, la esposa de Augusto. El reto: una actriz de unos 35 años debía encarnar a una mujer de más de 80 años, lo que implicó un maquillaje extremadamente elaborado.
Todo estaba listo para iniciar el rodaje el 15 de febrero de 1937 en el estudio Denholm, con decorados diseñados por el hermano de Korda, Vincent. La expectación era tal que miembros de la familia real asistieron al comienzo de la filmación.
Tensiones en el set
Según Sternberg, el único conflicto surgió con Laughton, quien le costaba entrar en el papel de Claudio. Merle Oberon relata que Laughton, con lágrimas en los ojos, confesó que no lograba captar la esencia del personaje hasta que, inspirado en el discurso de abdicación de Eduardo VIII, encontró el tono adecuado.

Un episodio curioso: Sternberg exigió que las vírgenes vestales aparecieran desnudas bajo sus velos, una práctica sin base histórica. Otro recuerdo del actor John Armstrong (Calígula) es la dificultad de filmar la escena del caballo Incitatus entrando al Senado como senador.
El final abrupto
El proyecto se truncó cuando Merle Oberon sufrió un grave accidente de tráfico. Al ver que la actriz no se recuperaría a tiempo, los productores cancelaron la película. Sternberg expresó su decepción, y tanto Armstrong como el propio Graves sintieron que el destino había decidido que Claudio no debía ser representado en pantalla.
Los fragmentos filmados, entrevistas y testimonios están reunidos en un documental presentado por el gran actor británico Dirk Bogarde, que permite revivir esta pieza de la historia del cine que nunca llegó a estrenarse.