Antecedentes: la campaña contra Toledo
En 1081 el rey Alfonso VI inició una expedición contra el Taifa de Toledo para ayudar a su aliado al‑Qadir, que había sido expulsado de la capital por el rey del Taifa de Badajoz. Lo lógico habría sido que Rodrigo Díaz de Vivar, el futuro Cid, acompañara al monarca, pero la Historia Roderici indica que el castellano estaba enfermo y no formó parte de la marcha leonesa.

La incursión del Cid en tierras toledanas
Mientras Alfonso avanzaba, una fuerza musulmana cruzó la frontera castellana y asaltó la imponente fortaleza de Gormaz. Tras apoderarse de un botín considerable, regresó a territorio toledano. Al enterarse, Rodrigo se enfureció, reunió a su séquito y penetró en el reino de Toledo para perseguir a los atacantes. La Historia Roderici relata que «entró en el reino de Toledo con ímpetu, saqueó y devastó tierras musulmanas, capturó a siete mil hombres y mujeres, les arrebató todas sus riquezas y volvió a su casa con el botín».

El enfado de Alfonso VI y la decisión de desterrar al Cid
Esta acción irritó profundamente a Alfonso VI por varios motivos. Según la Historia Roderici, los magnates que acompañaban al rey en la campaña contra el taifa se quejaron, alegando que la maniobra de Rodrigo pondría en peligro a todos ellos al provocar represalias musulmanas. El principal instigador del conflicto sería García Ordóñez, que se había enemistado con el Cid tras los hechos de Cabra.
Otras posibles causas incluyen que al‑Qadir pudiera haber reclamado indemnizaciones por los daños sufridos o que Alfonso considerara que el comportamiento de Rodrigo había menoscabado la reputación del rey de Toledo ante sus súbditos y puesto en riesgo el delicado sistema de protección que el monarca león‑castellano ofrecía a los taifas a cambio de tributos. Además, el rey no quería que el ejemplo se extendiera y que otros nobles comenzaran a atacar fronteras para enriquecerse por su cuenta.
Sea cual sea la razón, Alfonso VI tomó la decisión de castigar a Rodrigo con la pena de destierro. La fecha más probable es el verano de 1081, después de que la campaña contra Toledo concluyera en junio, cuando el rey ya se hallaba en Valdeón.
La pena de destierro en la legislación medieval
El destierro era una de las consecuencias previstas en el vínculo de vasallaje: el señor podía expulsar al vasallo de su dominio (eiecit eum de regno suo) y el vasallo, cumpliendo ciertas formalidades, terminaba su relación feudal y buscaba otro señor. La expulsión no implicaba la pérdida total de bienes, pero sí de los castillos y tierras que el rey le había concedido para que pudiera cumplir sus obligaciones.
Martínez Díez reproduce una parte del derecho antiguo sobre el destierro:
«Cuando el rey expulsa a un hombre rico de la tierra, le concede un plazo de treinta días, luego nueve y después un día, y le da un caballo; los demás hombres ricos que cultivan la tierra le entregan dos caballos… Cuando el hombre rico comienza a abandonar la tierra, el rey le debe proporcionar guía y sustento, sin que le sea más costoso que antes de ser expulsado. El rey no debe causarle daño en sus campañas ni en sus bienes, y su familia no debe recibir deshonor ni daño».
El exilio del Cid y sus primeros destinos
Rodrigo no partió solo; la ley exigía que sus propios vasallos lo acompañaran y le proporcionaran sustento mientras buscaba un nuevo señor. Los documentos no especifican cuántas personas lo siguieron. En cuanto a su familia (Jimena y los hijos), lo habitual era que buscara protección en un pariente noble o en una institución religiosa. La versión del Cantar de Mio Cid que los sitúa en el monasterio de San Pedro de Cardeña es ficticia y, además, no menciona al abad de la época.
Martínez Díez sugiere que Jimena se refugió bajo la protección de uno de sus hermanos, el conde de Asturias Rodrigo Díaz o su otro hermano Fernando Díaz, lo que parece corroborarse en un diploma de Oviedo fechado el 13 de agosto de 1083.
Rodrigo, por su parte, se dirigió primero a Barcelona, donde ofreció sus servicios a los condes Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II. Allí se planeó una campaña contra Dénia, pero no se llegó a un acuerdo y el Cid se trasladó a Zaragoza.
La traición de Rueda y la reconciliación con Alfonso VI
En la ribera del Jalón, a unos 30 km de Zaragoza, se alzaba la fortaleza de Rueda, utilizada como residencia real y prisión. En 1082‑1083 el hermano del rey de Zaragoza, al‑Muzaffar, estaba cautivo allí bajo la custodia del alcaide Albofalac, quien planeó una rebelión y solicitó ayuda a Alfonso VI.
En septiembre de 1082 el rey de León envió un ejército bajo el mando del infante Ramiro de Navarra, acompañado de los principales magnates castellanos. Tras llegar a Rueda, los cristianos acordaron que el propio Alfonso acudiría en persona; llegó a mediados de diciembre y acampó fuera de la fortaleza.
El asesinato de al‑Muzaffar cambió la situación. Albofalac, temiendo represalias, decidió traicionar a los cristianos y planeó asesinar al rey. El 6 de enero de 1083, día de los Reyes, mientras los cristianos aún ocupaban parte del castillo, la trampa se activó y los musulmanes masacraron a varios nobles, entre ellos los infantes Ramiro y Sancho de Navarra, el conde Gonzalo Salvadórez y los señores Vermudo Gutiérrez y los hermanos Munio y Vela Téllez. Alfonso tuvo que ordenar la retirada sin poder vengar a sus familiares.
Al enterarse de la masacre, el Cid se apresuró a ofrecer ayuda a Alfonso VI. Según Martínez Díez, el rey le concedió el perdón del destierro y le invitó a regresar a Castilla. Tras varios días de cabalgata conjunta, Rodrigo, desconfiado de la actitud del monarca, decidió separarse y volver a Zaragoza, donde al‑Mutamín lo recibió con los brazos abiertos.
La diferencia con su primer exilio es que ahora no estaba condenado, sino que había decidido voluntariamente romper su vínculo con Alfonso y ofrecerse a otro señor. No volvería a jurar fidelidad al rey león‑castellano hasta tres años después.
Se especula que la decisión de Rodrigo estuvo motivada por la incertidumbre que percibía en Castilla frente a la promesa de recompensas y protección que le ofrecía al‑Mutamín en Zaragoza. Además, el taifa de Zaragoza podía servir como contrapeso a las pretensiones aragonesas o catalanas sobre Castilla.
Algunos autores sostienen que el perdón definitivo del destierro no se produjo hasta después de la batalla de Sagrajas (1086), cuando el Cid regresó a su reino en 1087. En cualquier caso, no sería la última vez que la relación entre el Cid y Alfonso VI se tensionaría, llegando incluso a una sentencia de muerte en una etapa posterior.