Antecedentes del reinado
En 1326 Eduardo II gobernaba Inglaterra, hijo del famoso «Longshanks», Eduardo I, quien derrotó a William Wallace y se ganó el apodo de «Martillo de los escoceses». El reinado de Eduardo II estuvo marcado por una serie de desastres militares en Francia y Escocia, el más significativo la derrota de Bannockburn (1314) que consagró a Roberto I como rey de una Escocia independiente.
El gobierno de los favoritos
En el interior, el rey entregó el poder a sus favoritos –según muchos, también a sus amantes–: primero a Piers Gaveston y después a Hugh Despenser el Joven. Gaveston fue exiliado dos veces y finalmente ejecutado por los nobles liderados por Thomas Lancaster, primo del monarca. Despenser, para evitar el mismo destino, hizo ejecutar a Lancaster y a otros veinte barones, encarcelando a muchos más.
La fuga de Roger Mortimer y la alianza con Isabel de Francia
Roger Mortimer escapó de la Torre de Londres y se refugió en Francia, donde el rey Carlos IV recibió con benevolencia a todos los descontentos con el gobierno de Eduardo II. Como parte de las negociaciones de paz, el rey envió a su esposa, Isabel de Francia, apodada "la Loba de Francia", quien, al llegar, se negó a regresar a Inglaterra y se convirtió en amante de Mortimer. Su hijo de 13 años, Eduardo, permanecía en Inglaterra, lo que impedía una invasión inmediata.
La invasión de 1326
El 24 de septiembre de 1326 una flota de 96 barcos desembarcó en Inglaterra con 1 500 hombres: mercenarios alemanes y flamencos, y la élite del exilio inglés, todos bajo el mando de la reina Isabel y su amante Mortimer. El príncipe Eduardo, futuro Eduardo III, los acompañó. La población, harta de años de tiranía, ejecuciones y expropiaciones, se volcó rápidamente al bando de los invasores.
Abdicación de Eduardo II
Tras la captura de Despenser y la derrota de sus partidarios, el único camino viable era forzar al rey a abdicar. Desde la prisión de Kenilworth, una delegación de 24 nobles y obispos intentó persuadirlo. Eduardo se negó inicialmente, pero ante la amenaza de ser depuesto y de que un no Plantagenet ocupara el trono, el 24 de enero de 1327 anunció su abdicación a favor de su hijo.
El misterio de su muerte
Después de la abdicación, Eduardo II fue trasladado a varios castillos. Tres intentos de liberarlo se produjeron en Caernarfon, Kenilworth y, finalmente, en el castillo de Berkeley, donde murió el 23 de septiembre de 1327. Oficialmente se informó que falleció por causas naturales, pero pronto surgieron rumores de asesinato ordenado por Mortimer, incluyendo la macabra historia de que una barra de hierro al rojo vivo fue introducida en su recto como castigo por su supuesta sodomía. Fue enterrado el 20 de diciembre de 1327 en Gloucester, y el reinado de Eduardo III comenzó.
La carta del legado papal
Años después, el legado papal Manuel de Fieschi recibió una carta que relataba la confesión de un ermitaño lombardo que aseguraba ser Eduardo II. Según el relato, el ermitaño había escapado de Berkeley, se refugió en Corfe Castle, huyó a Irlanda, luego a Francia y, finalmente, a Avignon, donde fue recibido por el papa Juan XXII antes de viajar a Alemania y Lombardía. La carta, hallada en una abadía de Languedoc, incluía el sello del supuesto ermitaño como prueba.
Conclusión
La veracidad de la confesión es dudosa, pero los hechos descritos coincidían con detalles poco conocidos. Lo que sí está documentado es que, cuando Eduardo III tomó el poder en 1330, arrestó a Roger Mortimer, lo acusó de haber ordenado el asesinato de su padre y lo ejecutó tras un juicio.
Fuente: Peter Ackroyd, The History of England. Volume I: Foundation