Una hipótesis inesperada sobre la muerte del gran conquistador
Las circunstancias de la muerte de Alejandro Magno siguen despertando el asombro de los investigadores. Kathryn Hall, investigadora de la Dunedin Medical School de Nueva Zelanda, propone que el rey macedonio fue enterrado vivo tras sucumbir a una enfermedad provocada por la bacteria Helicobacter pylori.
Hall sostiene que la infección gástrica desencadenó síntomas semejantes al síndrome de Guillain‑Barré (GBS), una enfermedad autoinmune que paraliza el sistema nervioso periférico. Según su teoría, Alejandro quedó inmóvil, incapaz de hablar y con la respiración muy débil durante seis días.
Esta parálisis tan profunda habría impedido a los médicos de la época detectar que el rey aún respiraba, de modo que lo declararon muerto y lo prepararon para su entierro en el 323 a.C.
Los relatos históricos indican que la enfermedad comenzó tras una noche de intenso consumo de alcohol. Al día siguiente, Alejandro se quejó de una fatiga generalizada, pero siguió bebiendo. Poco después, sufrió dolores estomacales agudos y fiebre, y quedó postrado en cama.
Ocho días después del inicio de los síntomas, apenas podía abrir los ojos o mover los dedos. En el día 11, los presentes lo declararon muerto, aunque testigos aseguran que mantuvo claridad mental hasta el último momento.
El síndrome de Guillain‑Barré ataca el sistema nervioso, provocando una parálisis que, en casos graves, compromete los músculos respiratorios. En la actualidad, afecta a una persona por cada 100.000 habitantes en EE. UU. y Reino Unido.
Hall argumenta que, al no comprometer la función cognitiva, Alejandro permaneció lúcido mientras su cuerpo estaba paralizado, lo que explica los testimonios de su claridad mental.
En la época, los médicos no solían tomar el pulso para confirmar la vida; se basaban en la observación de la respiración. La debilidad de los músculos respiratorios habría hecho que su respiración fuera tan tenue que pasó desapercibida.
Historiadores griegos comentaron que, seis días después del entierro, el cuerpo de Alejandro no mostraba signos de descomposición, interpretándolo como señal de divinidad. Hall sugiere que esto podría deberse a que el rey aún estaba respirando, aunque de forma tan mínima que los presentes lo consideraron muerto.