La Guerra del Peloponeso es uno de los conflictos más célebres de la Antigüedad. Se desarrolló entre el 431 y el 404 a.C. y enfrentó, por un lado, a Atenas y la Liga de Delos, y, por otro, a Esparta, la Liga del Peloponeso y sus aliados. Más allá de la lucha por la hegemonía, la contienda reflejaba la oposición entre el ideal democrático ateniense y el modelo aristocrático espartano. En el 431 a.C. Atenas dominaba el mundo helénico gracias a su poderosa flota, pero tras un largo asedio capituló el 22 de abril de 404 a.C. La guerra terminó con una victoria efímera de Esparta, dejando a Grecia devastada y a sus ciudades‑estado profundamente divididas.
La hegemonía ateniense puesta a prueba por Esparta
En la mitad del siglo V a.C., el poder ateniense se manifestaba, sobre todo, en su control sobre la Liga de Delos, una alianza militar creada contra los persas. La expansión marítima de Atenas chocaba con la fuerza terrestre de Esparta, que lideraba la Liga del Peloponeso. Tras una especie de Guerra Fría, en la que ambas ciudades competían mediante estados clientes, el conflicto estalló cuando Esparta invadió Ática tras el incidente corintio.
La hostilidad espartana hacia la hegemonía ateniense se originó con la fundación de la Liga de Delos, después de la victoria griega sobre los persas en 478 a.C. Rechazando unirse a ella, Esparta reunió a ciudades rebeldes como Tebas y parte de la Beocia. Los espartanos denunciaron el imperialismo ateniense; su sociedad, basada en un régimen oligárquico, rechazaba la “escuela de Grecia” que Atenas pretendía imponer. En Atenas, los partidarios de una alianza con Esparta estaban representados por la facción aristocrática liderada por Cimo y Tucídides (no el historiador).
Desarrollo de la guerra y caída de Atenas
Durante casi treinta años se sucedieron batallas navales y terrestres, treguas y cambios dramáticos. En ese periodo una terrible epidemia asoló Atenas, acabando con la vida de Pericles. La inestabilidad política y la pérdida de apoyo entre sus aliados dieron una ventaja a Esparta, que contó con el respaldo financiero de Persia para destruir la flota ateniense y cortar el suministro de trigo a Ática.
Aunque los atenienses lograron una importante victoria naval en las Islas Argíntea (406 a.C.), sus aliados los abandonaron y, tras varios meses de asedio, tuvieron que rendirse en 404 a.C. Los espartanos impusieron una constitución oligárquica, desmantelaron las “Murallas Largas” que simbolizaban su hegemonía y obligaron a Atenas a disolver la Liga de Delos, entregando casi toda su flota. Así, durante unos años, prevaleció el frágil triunfo de Esparta.
La crónica de este drama quedó inmortalizada por Tucídides, testigo directo y autor excepcional. Tras la guerra, ambas potencias estaban exhaustas; el siglo IV vio el ascenso de una nueva fuerza, la monarquía macedonia de Filipo II y Alejandro Magno, heredera del legado helénico de las ciudades‑estado.
Bibliografía
– La Guerra del Peloponeso, de Tucídides. Folio, 2000.
– La Guerra del Peloponeso, de Victor Davis Hanson. Fields History, 2010.