Informe del 8 de mayo de Martínez Campos
Al terminar la Guerra Civil, el Ejército Nacional pasó a llamarse "Ejército de la Paz", reduciéndose de unas 57 divisiones a 25. En abril de 1940 se completó la reorganización de las divisiones españolas. Los falangistas, que dominaban el régimen, deseaban que España recuperara una proyección imperial y, para ello, se alineara con las potencias del Eje, ocupando el puesto que consideraban suyo entre los vencedores.
Los altos mandos militares fueron mucho más prudentes respecto a la participación del ejército en la Segunda Guerra Mundial. El primer aviso sobre la precariedad de las fuerzas lo dio el general Kindelán, quien en septiembre de 1939, mediante informes confidenciales, alertó de la imposibilidad de defender las Islas Baleares ante un posible golpe de fuerza italiano o francés.
El 8 de mayo de 1940, dos días antes de la invasión alemana de Francia, el jefe del Estado Mayor del Ejército (EME), el general Martínez Campos, entregó al ministro de la Guerra, el general Varela, un informe ultra secreto titulado Consideraciones sobre la organización del Ejército y su posible intervención en el conflicto europeo. El documento, de 27 páginas, se divide en cuatro grandes bloques: operaciones, organización y movilización, armamento y material, y consideraciones finales. En la segunda página el general expresa claramente su postura: "España, tras una guerra de tres años, es demasiado débil para intervenir y, a toda costa, le conviene mantenerse neutral" (subrayado nuestro).
Aunque reconoce la gratitud debida a Alemania por la ayuda recibida durante la Guerra Civil y la afinidad ideológica, Martínez Campos señala que la ausencia de un pacto con la URSS (agosto de 1939) y la neutralidad de la Italia de Mussolini en mayo de 1940 fueron factores decisivos. Además, la invasión de Dinamarca y Noruega demostraba que las grandes potencias no respetarían la neutralidad; dos días después de su informe, Alemania atacó Bélgica, Holanda y Luxemburgo.
En su opinión, el momento más crítico para España sería la decisión italiana de entrar en la guerra, pues rompería el statu quo mediterráneo y permitiría a potencias extranjeras intervenir en las Baleares (ya usadas como base italiana durante la Guerra Civil) o en el Protectorado de Marruecos, donde una intervención francesa cerraría el estrecho de Gibraltar.
La amenaza balear y marroquí
Durante los primeros meses de 1940, las Baleares fueron una de las mayores preocupaciones del régimen. El comandante general de las islas, el general Kindelán, advirtió que potencias extranjeras podrían tomar el control mediante un desembarco o una "visita de cortesía" de una escuadra naval fuerte, que después impondría un ultimátum. Propuso reforzar la guarnición, acelerar las obras de fortificación y reforzar la artillería costera.
Otro foco de atención era el Protectorado de Marruecos, donde se encontraban las mejores unidades del Ejército. Los altos mandos, entre ellos el Alto Comisionado Carlos Asensio Cabanillas y luego Luis Orgaz, diseñaron planes de defensa ante una posible intervención francesa.
Valoración de la frontera pirenaica y otras áreas estratégicas
Martínez Campos también analizó la importancia de la frontera con los Pirineos, las Islas Canarias, la colonia de Guinea y las bases navales. Evaluó escenarios tanto de intervención al lado del Eje como al lado de los Aliados. Desde una perspectiva estrictamente militar, consideró que lo más ventajoso para España sería que Italia y Portugal se alinearan con los Aliados, lo que permitiría a España mantener su neutralidad; si eso no ocurría, la opción menos arriesgada sería apoyar a los Aliados.
En caso de verse arrastrada al conflicto, propuso cuatro medidas concretas: poner a las divisiones en condición de guerra, intensificar la instrucción, planificar una movilización total y ordenar a los comandantes que cualquier unidad extranjera detectada en territorio español fuera considerada de inmediato como enemiga. Concluyó subrayando la necesidad de "una prudencia extraordinaria en todos los niveles y jerarquías" (subrayado por Varela).
La caída de Francia
El colapso francés de junio sorprendió al alto mando español, aunque no ocultó cierta simpatía por los éxitos alemanes, lo que acercó aún más a ambos países, sobre todo tras la designación, en octubre de 1940, de Serrano Suñer como ministro de Asuntos Exteriores. En el verano de ese año, el general Vigón, jefe del Estado Mayor, mantuvo contactos con Hitler para coordinar una posible intervención hispano‑alemana dirigida a ocupar el Peñón de Gibraltar.
En junio de 1940, durante una reunión del Estado Mayor para examinar la situación del armamento, Franco anotó a mano "¿Qué puede darnos Alemania?". Así, cuando el Caudillo se reunió con Hitler en Hendaya para negociar la entrada de España en la guerra, ya conocía en detalle la situación del Ejército gracias a los informes reservados del EME y de los directores militares.
La no intervención del ejército español
Lo acordado en Hendaya, ampliamente debatido en la bibliografía, preveía que Alemania suministraría a España los equipos necesarios para entrar en la guerra con el objetivo principal de tomar Gibraltar (operación Felix) y, posteriormente, una expansión territorial. A cambio, España cedería bases navales y, según fuentes alemanas, incluso una de las Islas Canarias.
En noviembre de 1940 se redactaron planes de movilización y, en diciembre, el plan de campaña nº 34 para una posible invasión de Portugal. Sin embargo, la serie de derrotas italianas —Beda Fomm (febrero 1941) y la batalla de Cape Matapan (marzo 1941)— y la falta de interés alemán tras el fracaso en Grecia y el golpe en Yugoslavia hicieron que la atención se desplazara al Mediterráneo oriental, relegando el proyecto de Gibraltar a la nada.
Cuando en junio de 1941 Alemania lanzó la operación Barbarroja, los recursos del Eje se concentraron en el frente oriental y el plan español quedó sin sustento. Los informes secretos de la Segunda Sección Bis del EME mostraban la escasez de material y personal cualificado del Ejército español. A pesar de algunas adquisiciones bajo el plan Bär (poco más de veinte Panzer IV), los falangistas siguieron presionando para la intervención, pero el alto mando consideró imposible entrar en la guerra sin ayuda alemana.
Las derrotas alemanas en Moscú y Stalingrado convencieron al liderazgo español de la imposibilidad de una victoria del Eje. Cuando, en noviembre de 1942, los Aliados lanzaron la Operación Torch, los altos mandos españoles optaron por olvidar cualquier participación, conscientes de su inferioridad frente a las potencias beligerantes.
Fuentes
Archivo Histórico Militar de Ávila
Expediente personal del general José Enrique Varela
Archivo de la Fundación Francisco Franco
Archivo del Instituto de Historia y Cultura Militar de Madrid