A partir de mediados del siglo XVI, los combates a gran escala fueron sustituidos por asedios, escaramuzas y operaciones menores. Este cambio transformó la forma de enfrentar a las formaciones de infantería, aunque la pica siguió siendo un arma clave en los ejércitos de la época.
La nueva caballería armada
Los principales avances tácticos fueron la introducción del mosquete y la aparición masiva de caballería equipada con armas de fuego. Estos soldados recibieron diversos nombres: reiters, herreruelos, arqueros a caballo, argolets o garabines. Los alemanes, por ejemplo, iban ataviados con coraza, y portaban dos pistolas pequeñas que describía Bernardino de Mendoza como "pequeñas arcabuces".
Esta caballería ligera surgió en la década de 1540 y demostró su valor en la Batalla de San Quintín (1557), donde los herreruelos alemanes al servicio de Felipe II derrotaron a la infantería francesa. No sustituyeron a los caballeros de lanza, sino que los complementaron, rompiendo formaciones de infantería más cohesivas que las del final del siglo XV.
En Mühlberg (1547) la caballería imperial, combinada con hussares húngaros y arcabuces a caballo, desbarató al duque Juan Jorge de Sajonia. Bernardino de Mendoza, en su tratado Teoría y práctica de la guerra, recomendó colocar una columna de arcabuces a la izquierda de la lanza para que, al cargar, dispararan en forma de media luna, creando una “boca de fuego” que protegiera a la carga de la lanza.
El uso de la táctica de la concha (disparar en círculo sin llegar al cuerpo a cuerpo) fue muy criticado por François de la Noue, quien en su Discours politiques et militaires (1588) la describió como "una invención desafortunada" que provocaba desorden y miedo entre los caballeros.
Infantería en las Guerras de Religión francesas
Tras la muerte de Enrique II (1559), la guerra civil francesa estuvo dominada por la caballería. La escasa presencia de fortificaciones modernas y la tradición noble de luchar a caballo favorecieron este predominio. Sin embargo, la infantería se especializó según su origen y función:
- Regimientos suizos con alta proporción de picas (≈ 87 % picas, 13 % armas de fuego).
- Formaciones mixtas franco‑alemanas con equilibrio entre picas y arcabuces.
- Unidades italianas reclutadas en 1567 con predominio de arcabuces (≈ 90 %).
Las picas eran preferidas para batallas y asaltos, mientras que los arcabuces resultaban más útiles en escaramuzas. François de la Noue consideraba la pica “más honorable” que el arcabuz, aunque Armand de Gontaut, barón de Biron, defendía su indispensable papel.
En la batalla de Dreux (1562) la victoria católica se debió al aguante de la infantería suiza, que mantuvo su posición pese a varias cargas protestantes. El choque final entre los lansquenetes protestantes y la escuadra española bajo Diego de Carvajal demostró que, aunque la caballería tomaba la iniciativa, la infantería de pica era la fuerza decisiva.
En batallas posteriores (Moncontour 1569, Courtras 1587, Ivry 1590) la caballería siguió liderando el ataque, pero la infantería volvió a ser crucial en los escaramuzas y en la defensa de posiciones fijas.
La escuela flamenca del Duque de Alba
La Guerra de Flandes (1566‑1648) estuvo marcada por asedios y escaramuzas. Solo unas cuantas acciones (Heiligerlee 1568, Jemmingen 1568, Mookerheide 1574, Gembloux 1578, etc.) pueden considerarse batallas campales. El terreno bajo (dunas, ríos, pantanos) limitó la acción de la caballería, dejando a la infantería como la principal fuerza.
El modelo español de infantería seguía basado en formaciones cuadradas de picas y arcabuces. Sancho de Londoño (1568) defendía el uso de picas largas (≈ 6 m) en las primeras filas y distinguía entre corseletes (pesadamente armados) y picas secas (ligeros, para operaciones fuera del campo de batalla).
En Jemmingen (1568) la utilidad del mosquete quedó patente: los arcabuces españoles detuvieron el avance protestante antes de que la caballería pudiera romper la línea. En la batalla de Mookerheide (1574) la superioridad de los tercios españoles volvió a ser decisiva.
Reformas de Mauricio de Nassau
Mauricio de Nassau, capitán general de los Países Bajos (1587), no introdujo la pólvora en hileras ni la gran formación de frente; esas prácticas ya existían. Su aporte principal fue el entrenamiento sistemático de la tropa, tanto en el manejo individual de armas como en maniobras de formación. El manual Wapenhandelingen van Roers, Musquetten ende Spiesen (1607) muestra más de 40 movimientos para arcabuces y mosquetes.
Aun así, las innovaciones de Nassau fueron limitadas en armamento: los piqueros siguieron usando picas largas como las descritas por Londoño, y los intentos de introducir la rodela en masa fracasaron por la resistencia de los oficiales.
La única gran batalla campal de su época, Nieuwpoort (1600), mostró una lucha encarnizada pica contra pica que duró más de una hora, confirmando que la pica seguía siendo la reina de las armas al inicio del siglo XVII.
Conclusión
Durante la segunda mitad del siglo XVI la infantería experimentó una transformación táctica: la pica mantuvo su preeminencia, mientras que los arcabuces y mosquetes ganaron protagonismo en escaramuzas y asedios. La caballería, reforzada con armas de fuego, recuperó parte de su importancia, pero la victoria en la mayoría de los enfrentamientos decisivos siguió dependiendo de la solidez de la infantería de pica.
Bibliografía
- Albi, J. (2017). De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles. Madrid: Awake Ferro Editions.
- Bru, J.; Claramunt, À. (2020). Los tercios. Madrid: Awake Ferro Editions.
- Delbrück, H. (1990). The Dawn of Modern Warfare. Lincoln, London: University of Nebraska Press.
- Hoeven, M. van der (1997). Exercise of Arms: Warfare in the Netherlands, 1568‑1648. Leiden: BRILL.
- Nimwegen, O. van (2010). The Dutch Army and the Military Revolutions, 1588‑1688. Woolbridge: Boydell Press.
- Parker, G. (2000). El ejército de Flandes y el camino español, 1567‑1659. Madrid: Alianza Editorial.
- Quatrefages, R. (1983). Los Tercios. Madrid: Servicio de Publicaciones del Estado Mayor del Ejército.
Notas
[1] Mendoza, B. (1592). Comentarios de don Bernardino de Mendoça... Madrid: Pedro Madrigal, p. 20.
[2] D’Aubigné, T. A. (1873). Œuvres complètes de Théodore Agrippa d’Aubigné. París: Alphons Lemerre, pp. 405‑406.
[3] Le Frère de Laval, J. (1575). La vraye et entière histoire des troubles… París: Marc Locqueneulx, p. 155.