¿Cómo es posible que los homínidos que dominaban la Europa del Paleolítico Medio no lograran sobrevivir tras la llegada del Homo sapiens? Esa pregunta agitó a los prehistoriadores y antropólogos durante décadas y, aunque hoy en día se ha desplazado a un segundo plano, sigue siendo central para entender la extinción de los neandertales.
Desde que se confirmó la coexistencia de ambas especies en Europa –entre 12.000 y 16.000 años, desde la llegada del hombre anatómicamente moderno hasta la desaparición del último neandertal– se han propuesto numerosas hipótesis. Algunas, como una guerra a gran escala o erupciones volcánicas catastróficas hace 40.000 años, fueron descartadas por falta de evidencia arqueológica. Otras, como el cruce genético con Homo sapiens, no explican por sí solas la extinción.
Hoy la visión más aceptada combina varios factores: la presión demográfica y territorial ejercida por Homo sapiens, la escasa adaptación a los climáticos extremos del Último Máximo Glacial y el gradual agotamiento genético de poblaciones aisladas. En este contexto, la pequeña Cueva de Gorham, situada en Gibraltar, aporta datos clave.
Expansión máxima de los neandertales
Un viaje por la Europa neandertal
Cuando Homo sapiens pisó Europa hace entre 45.000 y 40.000 años, los neandertales ya mostraban signos de declive. Los recién llegados trajeron la cultura aurignaciana, mucho más avanzada que la mousteriana tradicional de los neandertales, lo que les permitió adaptarse mejor al clima cada vez más frío. Los neandertales, forzados a migrar al sur, apenas tuvieron encuentros directos con los modernos, pues la tundra y los estepas heladas limitaban los contactos humanos.
Europa bajo la gran edad de hielo
Los siguientes 12.000 años supusieron una carrera contra el tiempo. Con una esperanza de vida de unos 30 años, los neandertales vivieron cientos de generaciones en busca de climas más benignos. Alrededor de 35.000 años atrás, tras cinco milenios de posible convivencia, sus poblaciones se redujeron a tres áreas geográficas: la costa atlántica de Cantabria a Bretaña, la península itálica y la ibérica, y los Balcanes.
En los 5.000 años siguientes desaparecieron de Italia, de los Balcanes y de gran parte del Atlántico. Para hace 30.000 años, el sur de la península ibérica se convirtió en su último refugio; dos mil años después, sólo quedaba una estrecha franja de territorio neandertal.
La Cueva de Gorham
Gorham, situada en el extremo sur de Gibraltar, cerca de Punta de Tarifa, fue descubierta en 1907 por el marinero inglés del mismo nombre. Las excavaciones han revelado cuatro fases de ocupación: una en época fenicia, otra neolitica, y dos períodos paleolíticos (Magdaleniano y Solutrense). Lo más destacado son los numerosos artefactos mousterianos –raspadores, puntas de flecha y cuchillos– datados entre 28.000 y 24.000 años, los más recientes atribuibles a neandertales. No se han encontrado restos óseos que lo confirmen, pero la técnica mousteriana es propia de esta especie.
Rocas calizas de Gibraltar con numerosas cuevas
A partir de los hallazgos de Gorham y de otras cuevas ibéricas, podemos inferir que los últimos neandertales tuvieron escasos contactos con Homo sapiens, ya que mantuvieron la tecnología mousteriana. Los contactos sí se evidencian en la costa cantábrica, Cataluña y el sur de Francia, donde surgió la cultura châtelperroniana, una variante evolutiva del Mousteriano tras el intercambio entre especies.
Los habitantes de Gorham se adaptaron a una dieta distinta. Su territorio, hoy mayormente acuático, en la época glacial estaba cubierto por extensas estepas –a veces descritas como el "Serengeti mediterráneo"– donde cazaban ciervos, cabras y conejos, y recolectaban mariscos como lapas y mejillones. Además, complementaban su alimentación con piñones, frutos y raíces. Esta flexibilidad alimentaria no fue la causa de su extinción, sino una estrategia de supervivencia.
La desaparición del último neandertal
Los escenarios tradicionales –competencia directa con Homo sapiens o incapacidad para soportar el frío glacial– no explican por completo la extinción. En Gorham, los recursos parecían abundantes y el clima ya había sido superado por los neandertales siglos antes del máximo frío de 22.000 años. La hipótesis de la endogamia, que debilitaría la población, tampoco basta por sí sola.
Reconstrucción del aspecto neandertal
Lo más plausible es que la extinción resultó de una combinación de presiones: pérdida progresiva de hábitats, reducción de contactos genéticos con humanos modernos y una población cada vez más pequeña y aislada. La Península Ibérica se ha convertido en el gran laboratorio europeo para estudiar a los neandertales. Hallazgos recientes –genoma, entierros, arte rupestre y estructuras sociales– demuestran que eran mucho más parecidos a nosotros de lo que se creía.
Estudios de cuevas como L'Abric Romaní (Barcelona) y El Sidrón (Asturias) indican grupos familiares de unos 12 individuos, con una organización cercana a la sedentación y una limitada interacción con otras familias. En contraste, Homo sapiens se desplazaba a largas distancias y mostraba una mayor cooperación intergrupal.
Así, imaginemos los últimos días de un neandertal en Gorham: solo, sin posibilidad de reproducirse, rodeado de un entorno que ya no podía sostener a su especie. Su muerte marcó el fin de una línea humana que, aunque distinta, compartió más rasgos con nosotros de lo que la historia había admitido.
Más información:
- Breve historia de los neandertales, Fernando Díez Martín, Ed. Nowtilus, 2011
- Prehistoria antigua de la Península Ibérica, Coord. Mario Menéndez, Ed. UNED, 2012
- www.gibmuseum