
Los hunos
El origen de los hunos sigue siendo confuso. Se trataba de uno de los numerosos pueblos nómadas que habitaban las estepas orientales, desde el Mar Negro hasta la actual Mongolia, moviéndose en busca de los mejores pastos para sus rebaños y destacándose como excepcionales jinetes.
Historiadores romanos tardíos, como Amiano Marcelino o el godo Jordanes, los describían como los más feroces de los pueblos bárbaros, hijos de espíritus impuros, de pequeña estatura pero de gran fuerza y agilidad. Una característica llamativa era su barba escasa, producto de cortes rituales en la cara de los recién nacidos para habituarlos al dolor de la guerra. Vivían permanentemente a caballo, llevando en sus sillas de montar la carne cruda que necesitaban.
Aunque es difícil trazar su historia con precisión, ya en el siglo III a.C. los chinos construían la Gran Muralla para protegerse de ellos. Siete siglos después, a comienzos del siglo V d.C., los hunos negociaban territorios con el Imperio romano en la frontera de la provincia de Panonia. En ese amplio período pasaron de ser pequeñas tribus lideradas por caudillos militares a una sociedad gobernada por un monarca.

El rey Atila, terror del Imperio oriental
Tras años de conflictos con los persas sasánidas y la derrota frente a los herederos de Shapur II, los hunos llegaron a Europa a finales del siglo IV d.C. Atraídos quizás por el esplendor romano, se enfrentaron sucesivamente a los pueblos bárbaros asentados en el limes imperial – góticos, alanos y alamanes – rompiendo la frontera del Rin la noche del 31 de diciembre de 406.
Los primeros reyes hunos son poco conocidos; el primero registrado con claridad es Rugila, quien recibió 350 libras de oro anuales del emperador oriental Teodosio II para evitar el asedio a Constantinopla.
Tras la muerte de Rugila, el poder pasó a sus sobrinos Bleda y Atila. Tras un breve periodo de calma, los dos hermanos iniciaron el asedio de Iliria y Tracia para exigir tributos cada vez mayores, que superaron las 2 000 libras de oro al año. En 445 Atila quedó como único rey tras la sospechosa muerte de su hermano Bleda, a quien probablemente asesinó.

Atila se dirige al occidente
En 450, Atila recibió una carta de Honoria, hermana del emperador Valentiniano III, en la que le pedía matrimonio. El pretexto le sirvió para justificar una invasión de Galia, reclamando la dote que consistía en la mitad del territorio de su cuñado.
El ejército huno, acompañado de ostrogodos, gépidos y alanos, se estimaba en cifras exageradas de hasta 700 000 hombres. Frente a ellos, el general romano Flavio Aecio reunió a la mayor fuerza disponible: legionarios romanos, francos y visigodos, estos últimos con poder de facto en la Galia romana.
El 19 de septiembre de 451, a tres días de camino de Lutetia (París), ambas huestes se enfrentaron en la famosa batalla de los Campos Catalaunios. Aecio tomó la colina que dominaba el campo y obligó a los hunos a retroceder hacia el este, con Atila en el centro de la formación para proteger a sus tropas.
El general romano no acabó con la vida de Atila. Algunas fuentes culpan a Aecio de no querer eliminar a un rival tan poderoso, mientras que la muerte del rey visigodo Teodorico y las enormes pérdidas romanas también limitaron la capacidad de acabar definitivamente con el huno.
Tras la derrota en Galia, Atila volvió su mirada a Italia, asediando ciudades como Pavía y Milán, y llegó a las puertas de Roma. El Papa León I se reunió con él a orillas del río Mincio; según la tradición, la presencia papal lo impresionó y decidió retirar a sus tropas. Los historiadores modernos consideran más plausible que una epidemia de peste devastó al ejército huno, obligándolo a retirarse.

La muerte de Atila
En los años siguientes, Atila intentó sin éxito bloquear Constantinopla, enfrentándose al emperador bizantino Marciano, quien cortó los pagos de tributo y obligó a los alanos a buscar ayuda visigoda.
La caída de los hunos culminó con la muerte de Atila en 453, durante una boda con la princesa gótica Ildiko en su palacio de madera a orillas del río Tisa. Después de una noche de excesivo consumo de alcohol, Atila fue encontrado muerto al día siguiente, sin heridas visibles. La versión oficial indica que una hemorragia nasal provocó que se ahogara en su propia sangre.

¿Fue realmente el azote de Roma?
Muchas veces se ha atribuido a Atila un papel preponderante en la caída del Imperio romano, comparándolo con Alejandro Magno o Gengis Kan. Sin embargo, la evidencia sugiere que su influencia fue más limitada: nunca conquistó el oeste, fue derrotado por Aecio, y no logró tomar Roma, a diferencia de Alarico o Genserico. En el este, el mundo romano continuó bajo la protección bizantina mientras los hunos se sumían en luchas internas tras la muerte de su gran líder.
Lecturas recomendadas

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Más información
Los enemigos de Roma, Philip Matyszak, Ed. Oberon, 2005
La caída del Imperio romano, Adrian Goldsworthy, Ed. The Sphere of Books, 2009
Atila y los hunos, una breve historia, Ana Martos Rubio, Ed. Nowtilus, 2011