El origen del uso del sal
El sal ha acompañado al ser humano desde tiempos inmemoriales. Además de ser un condimento y conservante, ha tenido usos terapéuticos y rituales, y en regiones donde escaseaba se empleó como moneda, como ocurrió en el África interior.
Una de sus aplicaciones más curiosas fue la de derramarlo sobre el suelo de lugares considerados malditos para purificarlos o condenarlos eternamente, práctica conocida como salado de la tierra.
Primeras evidencias del salado
El sal se obtenía desde la prehistoria, ya fuera mediante la extracción de depósitos o la evaporación de agua de mar en salinas. Por ello, el acto de cubrir el terreno con sal tiene milenios de historia. En el Próximo Oriente antiguo ya aparecen referencias que asocian la sal con la desolación y la purga de sitios indeseados. Documentos hititas y asirios hablan de la sal como elemento purificador de ciudades destruidas, aunque el motivo exacto sigue sin quedar claro.
En la práctica, no siempre se utilizaba la sal común (cloruro de sodio), sino otras sustancias vegetales o minerales. Así, los hititas empleaban el kudimmu y los asirios el sahlu, términos que designan plantas silvestres que crecen en terrenos abandonados. Resultaba impracticable cubrir una superficie extensa con sal pura, pues requeriría cantidades enormes y la sal era un recurso valioso.
¿Qué implicaba realmente el salado?
Los historiadores coinciden en que el salado de la tierra tenía, sobre todo, un carácter simbólico. La sal puede ser tóxica para los cultivos, lo que la hacía adecuada para expresar la idea de esterilidad, pero no existen pruebas arqueológicas de que se haya aplicado literalmente en grandes extensiones. Algunos especialistas lo relacionan con el herem hebreo, una forma sagrada de exterminio que imitaba costumbres mesopotámicas como el assakum de Mari.
El herem servía como herramienta de dominación y control sobre pueblos considerados idólatras o peligrosos, evitando la supuesta contaminación espiritual. Prácticas similares aparecen en la guerra espartana (kryptheia) y en las guerras de flores mesoamericanas, donde se buscaba obtener prisioneros para sacrificios.
Referencias bíblicas
La Biblia menciona repetidamente la sal en contextos de pacto y purificación. En el Libro de Jueces, el juez Abimelec destruye la ciudad de Siquem y la cubre con sal tras sofocar una rebelión. Otros pasajes, como en Levítico y Ezequiel, ordenan sazonar los sacrificios con sal como símbolo del pacto eterno con Dios.
En el Antiguo Testamento, Sal se asocia también a la “pacta de sal”, una forma de sellar acuerdos que se consideraban inquebrantables. El Sal del Mar Muerto, con una salinidad del 30 %, era una fuente crucial para los hebreos, que extraían sal mediante evaporación en los acantilados de Jebel Usdum.
Ejemplos históricos de salado de ciudades
Más allá de la Biblia, varios relatos antiguos describen el salado de ciudades conquistadas. Entre ellos:
- Susa: tras la conquista asiria de Asurbanipal en 647 a.C., el rey describió haber “sembrado sal” en sus tierras.
- Hattusa y Arinna: capitales hititas que, según fuentes asirias, fueron destruidas y saladas.
- Carroña (Carthago): la tradición cuenta que Escipión el Africano, tras la Tercera Guerra Púnica, la destruyó y la declaró sacer, pero la evidencia de un salado real es debatida.
Los romanos, aunque practicantes de la crucifixión, no dejaron pruebas concluyentes de que tuvieran el hábito de salar ciudades. La historia de que Tito cubrió Jerusalén de sal proviene de una poesía inglesa del siglo XIV, y el historiador Flavio Josefo no la menciona.
El mito del salado en la historiografía moderna
En 1986 el historiador australiano Ronald Thomas Ridley, en la revista Classical Philology, cuestionó la existencia del salado como práctica antigua. Tres años después, otros investigadores apoyaron su tesis y rastrearon el origen del mito hasta 1905.
Según ellos, la costumbre se basó en un acto simbólico: pasar el arado sobre los cimientos de una ciudad recién destruida. El propio Papa Bonifacio VIII, al ordenar el salado de Palestrina, explicó que lo hizo “siguiendo el ejemplo de la antigua Cartago en África”. Así, el mito habría surgido en la Edad Media y se habría difundido con la publicación de la New American Cyclopaedia (1858), que describía a Escipión sembrando sal en los surcos de Cartago.
Cálculos y realidades prácticas
El columnista Cecil Adams estimó en 2007 que para inutilizar un acre se necesitarían 31 millones de toneladas de sal, equivalentes a 7 kg por metro cuadrado. Si Cartago tuviera una superficie de 109 km², se requerirían más de 750 000 toneladas, lo que implicaría entre 5 000 y 10 000 barcos romanos. Otros arqueólogos consideran estas cifras exageradas, pero aun reduciéndolas el número sigue siendo enorme.
Un uso agrario de la sal
Curiosamente, la sal también se empleó como fertilizante. Teófanes y Plinio el Viejo describen cómo agricultores utilizaban pequeñas cantidades de sal para mejorar el crecimiento de palmeras y otras cosechas. En la antigüedad, la frase “la sal de la tierra” (Mateo) ya resaltaba el valor positivo del mineral.
Por ello, algunos expertos sugieren que el “salado” podría haber sido más bien una siembra simbólica: una dosis moderada no arruina la tierra, sino que la fertiliza, dependiendo del nivel natural de salinidad del suelo.
Conclusión
El salado de la tierra perduró porque su carga metafórica es poderosa: la idea de transformar un lugar en estéril o, por el contrario, purificado. La falta de pruebas arqueológicas concretas sugiere que, más que una práctica literal, se trató de un acto simbólico que se fue transformando en mito a lo largo de los siglos.