Una biblioteca que sobrevivió al paso del tiempo
A lo largo de la historia los libros han sido un bien de gran valor. Su comercio se remonta a siglos atrás, cuando se inventaron soportes como el papiro y el pergamino, y la creación de bibliotecas mediante la acumulación y copia de manuscritos dio origen a colecciones célebres como la de Alejandría.
Muchas bibliotecas se perdieron por diversas circunstancias, pero otras vivieron sorprendentes altibajos. Es el caso de la biblioteca personal de Aristóteles, cuyo recorrido es descrito por Catherine Nixey en su obra The Dark Ages: How Christianity Destroyed the Classical World (2017).
Los orígenes de la colección aristotélica
Aristóteles nació en Estagira (actual Stavros), en la península macedónica de Calcedonia, en el 384 a.C. A los 17 años fue enviado por su tutor a estudiar en la Academia de Platón en Atenas, donde permaneció veinte años.
Tras la muerte de Platón (347 a.C.) viajó por varias ciudades de Asia Menor y, en 343 a.C., fue llamado por el rey Filipo II de Macedonia para convertirse en tutor de su hijo, el futuro Alejandro Magno, entonces de 13 años.
En 335 a.C. regresó a Atenas y fundó su propia escuela pública, el Liceo. Fue en este periodo cuando empezó a reunir copias de sus propios escritos y de otros filósofos, creando una amplia biblioteca personal.
Tras la muerte de Alejandro (323 a.C.) Aristóteles abandonó Atenas, instalándose en Calcís, en la isla de Eubea, donde falleció al año siguiente.
El legado de Teofrasto y el paso a Scepsis
Antes de partir, Aristóteles designó a su discípulo y amigo Teofrasto como sucesor al frente del Liceo y le confió la custodia de toda la biblioteca, nombrándolo también tutor de sus hijos en su testamento. Teofrasto dirigió el Liceo durante 35 años, ampliando la colección con obras propias y de otros autores, hasta su muerte en 287 a.C.
Al morir Teofrasto, la biblioteca pasó a manos de su discípulo Nelo de Escepsis. Nelo regresó a su ciudad natal (actual Kurşunlu Tepe, Turquía) y, al fallecer, la dejó a sus herederos. En ese momento la zona estaba bajo el dominio de los átridas, que en 230 a.C. fundaron la Biblioteca de Pérgamo para rivalizar con Alejandría.
Apelión de Teos: el coleccionista misterioso
Durante casi 150 años los volúmenes de Aristóteles y Teofrasto permanecieron ocultos bajo tierra. Al final de ese periodo apareció un personaje rico y amante de los libros, poco documentado, que obtuvo la ciudadanía ateniense y dedicó su vida a reunir una biblioteca formidable, sin dudar en sustraer documentos originales de archivos griegos. Su nombre era Apelión de Teos, especializado en localizar y adquirir ejemplares raros.
Apelión logró rastrear la biblioteca hasta los descendientes de Nelo y la compró en el 100 a.C., a pesar del deteriorado estado de los manuscritos por humedad e insectos.
Según el escritor ateniense Ateneo de Naucra, Apelión llevó la colección a Atenas, restauró los textos dañados, realizó copias nuevas y, lamentablemente, rellenó los fragmentos faltantes según su propio criterio, introduciendo numerosos errores.
Otra versión del destino de los manuscritos
Existe una versión alternativa que sostiene que Nelo legó a su familia sólo los textos desordenados y notas de Aristóteles que aún no estaban preparados para publicación. El resto habría sido vendido a la Biblioteca de Alejandría mediante un intermediario, posiblemente Demetrio de Falero, amigo de Nelo y también discípulo de Teofrasto, que trabajaba allí bajo Ptolomeo I.
Esta hipótesis se apoya en dos hechos: la estrecha amistad entre Nelo y Demetrio, y un documento egipcio que indica que, cuando Augusto conquistó Alejandría, inspeccionó las bibliotecas y encontró manuscritos de Aristóteles y Teofrasto fechados en la época de ambos autores.
El saqueo romano y la llegada a Roma
Cuando el general romano Sila capturó Atenas en 86 a.C., sus tropas saquearon la ciudad casa por casa y encontraron a Apelión oculto entre los libros. Lo mataron, notificaron a Sila del hallazgo y él ordenó cargar los manuscritos en una nave para transportarlos a su villa en Roma.
Otro general, Luculo, había hallado copias de los textos aristotélicos en Amisos. El gramático griego Tiranio, que consiguió acceso a ambas colecciones (la de Luculo y la de Sila), fue llevado a Roma como prisionero. Allí seleccionó los originales, los ordenó y los copió.
Tiranio había sido maestro de Estrabón hasta al menos el 30 a.C., lo que sugiere que la historia que Estrabón relata sobre la biblioteca aristotélica proviene directamente de él.
Andrónico de Rodas y la edición crítica
Tiranio envió una copia de todos los manuscritos a Andrónico de Rodas, quien entre el 78 y el 47 a.C. fue el undécimo sucesor de Aristóteles al frente del Liceo. Andrónico realizó la primera edición crítica completa de las obras aristotélicas que ha sobrevivido hasta nuestros días.
Años después, el hijo de Sila, Fausto, decidió vender los libros; se distribuyeron entre numerosos compradores y, con el tiempo, se perdieron.
Cuánto ha sobrevivido
Se estima que apenas un tercio de la producción de Aristóteles ha llegado hasta nosotros. Por ejemplo, de sus "Constituciones" redactadas para 158 ciudades griegas solo se conserva la de Atenas, hallada en una excavación en Egipto. De más de 200 tratados, sólo 31 han sobrevivido.