Fundación y objetivo
La gran Biblioteca de Alejandría fue fundada a comienzos del siglo III a.C. por Ptolomeo I Sóter. En su apogeo albergaba alrededor de 900.000 manuscritos y funcionaba como centro de investigación y enseñanza, atrayendo a eruditos de todo el mundo clásico.
Métodos de adquisición
Los libros llegaban a la biblioteca de distintas formas. Algunos provenían de copias y traducciones realizadas por los propios eruditos, quienes cobraban por cada línea copiada. Otros eran estudios originales añadidos a la colección.
Compra agresiva
Según Lionel Casson, en Libraries of the Ancient World los Ptolomeos impulsaron una política de compra implacable: enviaban agentes con amplios recursos para adquirir cualquier libro, sin importar tema, y preferían ejemplares antiguos, creyendo que cuanto más viejo era el manuscrito, menos copias había y más fiel al original.
Este frenesí dio lugar a un negocio de falsificación: se envejecían pergaminos y papiros para aparentar mayor antigüedad y así cobrar precios más altos.
Confiscación en el puerto
Los Ptolomeos ordenaron inspeccionar cada barco que entraba al puerto de Alejandría. Si se hallaban libros a bordo, los confiscaban, los llevaban a la biblioteca, se hacían copias y los originales quedaban allí, mientras que las copias regresaban a los navíos. En Egipto abundaba el papiro, lo que facilitaba la reproducción ilimitada.

El mundo de los libreros
Gran parte de los volúmenes se compraban a particulares, ya fueran colecciones propias o heredadas. También se adquirían en librerías, una actividad que se había desarrollado en Atenas desde la segunda mitad del siglo V a.C., mucho antes de la fundación de la biblioteca.
El término griego bibliopòles (librero) aparece por primera vez en la comedia The Tricksters de Aristómenes (finales del siglo V a.C.). Autores como Nicófron y Eúpolis describen puestos de libreros en el mercado, junto a vendedores de harina o cuero, concentrados en la orquesta, una terraza semicircular al pie de la Acrópolis. Existían también bibliokápelos, vendedores itinerantes.

Aristófanes, en su comedia Las Aves (414 a.C.), se burla de los atenienses que corren a las librerías por la mañana para ver las novedades.
Además de Atenas, centros como Rodas y Antioquía (siglo IV a.C.) eran importantes en la producción y venta de libros. Alejandro Magno, ávido lector, adquiría sus obras en las librerías atenienses, según Plutarco.
Precios y editoriales
El precio de los libros variaba según la demanda. Algunos costaban apenas una dracma, como menciona Platón; otros, ediciones lujosas o raras, alcanzaban precios exorbitantes, los cuales la Biblioteca de Alejandría podía pagar gracias a sus recursos.
Los nombres de los libreros de la época se desconocen, pero en el siglo II d.C. Luciano de Samosata menciona a Calino y Ático, editores que vendían sus obras en sus tiendas.
Los editores obtenían copias directas de los autores; cuando no podían, recurrían a bibliotecas como la de Alejandría para conseguir ejemplares frescos.
Autores y remuneración
La mayoría de los autores no recibían pago por la copia de sus manuscritos, más allá del reconocimiento. Existen escasos indicios de plagio; por ejemplo, Aulo Gelio y Diógenes Laercio acusan a Platón de haber usado manuscritos de Filolao para componer su Timeo.