Introducción
El Martyrology Romanum, publicado por la Congregación para el Culto Divino en 2001, recopila alrededor de siete mil nombres de mártires y santos de la Iglesia Católica. Curiosamente, entre todos ellos no aparece San Guinefort, a pesar de haber sido venerado en Francia desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX. La razón es sencilla: San Guinefort no era humano, sino un perro.
Origen de la leyenda
La historia fue recogida en 1250 por el dominico inquisidor Étienne de Bourbon, autor de varios manuales de predicación. Según su relato, Guinefort era un lebrel que pertenecía al señor de Thoire‑y‑Villars (actual Villars‑les‑Dombes, Auvernia‑Ródano‑Alpes).
El milagro que dio origen al culto
Una noche, el señor de Villars regresó de la caza y encontró su habitación infantil en caos: la cuna volcada, sábanas manchadas de sangre y su bebé desaparecido. Al acercarse, vio a Guinefort con el hocico ensangrentado y, sin dudar, lo decapitó con su espada, arrojando el cuerpo al pozo.
Al oír un grito, descubrió al niño sano y salvo bajo la cuna, mientras una serpiente morta y desgarrada yacía a su lado. Guinefort había salvado al infante de la víbora, pero el señor, creyendo que el perro lo había devorado, lo mató.
Conmovidos, los habitantes del pueblo comenzaron a rendir culto al perro, considerándolo protector de la infancia. Lo enterraron con honores, rodeándolo de piedras y árboles, creando así un auténtico santuario popular.
Desarrollo del culto popular
Con el tiempo, los padres llevaban a sus niños al sepulcro de Guinefort para pedir su protección y curación, tal como se hacía con los santos oficiales de la Iglesia. Esta práctica fue vista con desdén por la jerarquía eclesiástica, que intentó suprimirla en varias ocasiones.
Críticas eclesiásticas
Étienne de Bourbon escuchó el culto en confesiones en Lyon y, horrorizado, lo denunció como una superstición pagana. En su obra De superstitione describió rituales sincréticos: madres que llevaban a sus niños enfermos a una anciana que realizaba “advocaciones demoníacas”, colgaba ropa en arbustos, sumergía a los bebés en el río y encendía velas toda la noche. Algunos de estos rituales acababan en tragedias, como incendios o ataques de lobos.
El inquisidor condenó estas prácticas, pero también mostró cierta compasión, argumentando que las familias eran víctimas de la ignorancia y que la solución no era castigar, sino educar y ofrecer alternativas protectoras.
Paralelismos con otras leyendas caninas
El relato de Guinefort guarda similitudes con otras historias de perros protectores, como la de San Roque, cuyo perro también lleva el mismo nombre, y la leyenda galesa de Gelert, en la que el príncipe galés mata a su perro por una confusión similar, sustituyendo a la serpiente por un lobo.
En distintas culturas aparecen variantes de este motivo: en la India, una mangosta salva a un bebé de una cobra; en Malasia, un oso o un tigre cumplen la misma función.
Fin del culto
A pesar de las prohibiciones, la devoción a San Guinefort persistió hasta la década de 1930, cuando las autoridades exhumaron y quemaron los restos del santuario, imponiendo multas a quienes intentaran volver a congregarse allí. Posteriormente se descubrió que había existido un santo humano llamado Guinefort, con una fiesta el 22 de agosto, asociado a la protección de la infancia, y que su nombre coincidía con la aparición de la estrella Sirio (representada como un perro) en verano.