Contexto posterior a la Primera Guerra Mundial
Al finalizar la Gran Guerra, el Imperio Austrohúngaro quedó del lado perdedor y, antes incluso del Tratado de Versalles, comenzó a desintegrarse. El 30 de octubre de 1918, los soldados se negaron a disparar durante un golpe de Estado impulsado por las asociaciones militares que derrocó al gobierno de János Hadik, apenas un día en el poder, y obligó al emperador a aceptar la presidencia del socialdemócrata Mihály Károlyi.
Károlyi encabezaba el Consejo Nacional, una coalición de socialdemócratas y radicales que, cinco días antes, había publicado un manifiesto exigiendo la ruptura con Alemania, la independencia del imperio, la liberación de presos políticos, una reforma agraria y elecciones libres con sufragio universal y voto femenino.
La revuelta, conocida como la Revolución de los Crisantemos, fue relativamente sangrienta; los soldados asesinaron al representante del emperador, el conde Esteban Tisza, a quien culpaban de la guerra. El 16 de noviembre se proclamó la República Popular Húngara.
La República Popular y sus limitaciones
El Consejo Nacional cumplió la promesa de separarse del imperio, pero no implementó la mayoría de sus reformas. Se declaró el sufragio universal sin convocar elecciones y la crisis económica, heredada de la guerra, se agravó. La esperada reforma agraria tampoco se materializó.
Károlyi carecía de apoyo militar y diplomático: los comandantes conservadores del ejército y la Triple Entente (Francia, Reino Unido y Rusia) no reconocían su gobierno. La masiva desmovilización dejó a casi un millón de exsoldados sin empleo, lo que alimentó la creación del Partido Comunista Húngaro (PCH) el 24 de noviembre.
El PCH, aunque aún pequeño, buscó la revolución armándose con armas entregadas por el ejército alemán e infiltrándose en sindicatos y consejos militares. Mientras tanto, la situación territorial se deterioró: Rumanía incorporó Transilvania el 1 de diciembre, Yugoslavia ocupó partes de Vojvodina y Checoslovaquia tomó Rutenia, con la aprobación de la Entente.
Del caos al gobierno comunista
En marzo de 1919, frente a la presión de la extrema izquierda y los disturbios de la derecha, Károlyi renunció. El gobierno quedó en manos de una coalición socialista‑comunista liderada por Dénes Berinkey, que intentó reformas moderadas y convocó elecciones para el 13 de abril. Sin embargo, los socialistas y comunistas se fusionaron y, el 21 de marzo, proclamaron la República Soviética Húngara bajo la influencia del líder comunista Béla Kun.
Kun, veterano de la Primera Guerra Mundial y exmiembro del Partido Bolchevique ruso, encabezó un gobierno que introdujo una nueva constitución, nacionalizó servicios, industrias, bancos y grandes propiedades, estableció la educación gratuita y la jornada laboral de ocho horas. Sin embargo, la tierra no se redistribuyó, lo que enfureció al campesinado.
La economía colapsó: la producción cayó, el bloqueo de los países europeos provocó escasez de alimentos y la inflación se disparó. Militarmente, los húngaros lograron avances contra Checoslovaquia y Slovacia, pero fueron derrotados por Rumanía, respaldada por la Entente, en la disputa por Transilvania.
Caída de la República Soviética
El 20 de junio se intentó un golpe del ejército anticomunista; la respuesta del gobierno fue la instauración de tribunales revolucionarios y la llamada "Terror Rojo", que persiguió a cientos de opositores. Las tensiones se intensificaron y, el 31 de julio, la Junta de la Unión decidió abandonar el apoyo al régimen comunista.
Tras la derrota final ante Rumanía, Kun renunció y huyó a Austria. Lo sustituyó Gyula Peidl, un socialista de la unión de impresores, cuyo gobierno, sin reconocimiento internacional y bajo la ocupación rumana, tomó medidas para acabar con la aventura comunista.
Peidl duró apenas una semana antes de ser depuesto por los contrarrevolucionarios respaldados por las fuerzas de ocupación. István Friedrich asumió el poder y el archiduque José fue nombrado regente, poniendo fin tanto a la República Soviética Húngara como a la República Popular. La experiencia duró solo 133 días, confirmando la advertencia de Lenin sobre la inmadurez del país para el comunismo.