Contexto histórico
A principios del siglo III a.C., dos colonias griegas independientes se enfrentaban en el Estrecho de Messina: Messana, en Sicilia, y Ráquira, en el extremo de la península italiana. Sus vecinos más poderosos eran Tarento y Siracusa.
En 289 a.C., tras la muerte de Agatocles, tirano y luego rey de Siracusa, varios de sus mercenarios quedaron sin empleo. Estos mercenarios, conocidos como los mamertinos (originarios de Mamertum, Bruttium), tomaron Messina, masacraron a parte de la población y se adueñaron del gobierno de la ciudad.
Intervención romana y alianzas
Poco después, Roma intervino en las ciudades griegas de la costa sur de Italia, como Ráquira y Thurii, y se enfrentó a Tarento, que en 280 a.C. solicitó la ayuda militar de Pirro. La presencia de Pirro en Italia y luego en Sicilia lo puso en conflicto tanto con Roma como con Cartago. En 279 a.C. Roma y Cartago firmaron un tratado contra el enemigo común, prohibiendo cualquier paz separada con Pirro y prometiendo apoyo naval cartaginés, cláusulas que nunca se cumplieron.
Reconfiguración del poder
Tras la retirada de Pirro, las potencias volvieron a sus posiciones: Cartago recuperó el oeste de Sicilia, Roma conquistó Tarento en 272 a.C. y, dos años después, tomó Ráquira, privando a los mamertinos de su principal aliado.
En 269 a.C., Hieron II, el nuevo tirano siracusano, derrotó a los mamertinos y se apoderó de parte de su territorio. Ante la presión, los mamertinos pidieron ayuda a Cartago y a Roma. Los cartagineses, que mantenían una guarnición en las cercanas Islas Lipari, respondieron de inmediato, estableciendo un destacamento en Messina y obligando a Hieron a desistir de su conquista.