Historia antigua

Conspiración de los siracusanos exiliados (primavera del 212)

Mientras los romanos intensificaban el asedio a Capua, el sitio de Siracusa terminó gracias a la constancia y al valor del general Marco Marcelino y su ejército, aunque también influyó la traición de algunos habitantes.

Decisiones estratégicas de Marcelino

Al comienzo de la primavera, Marcelino vaciló entre atacar Agrigento, donde comandaban Himilcon y Hipócrates, o proseguir el cerco a Siracusa. Reconoció que la ciudad era prácticamente inexpugnable: su posición costera dificultaba cualquier ataque terrestre y, por mar, sus convoys llegaban casi sin obstáculos desde Cartago.

Uso de los siracusanos desterrados

Para no descuidar ninguna opción, Marcelino se dirigió a los siracusanos que habían huido y se encontraban en su campamento. Les prometió, a cambio de la entrega de la ciudad, la conservación de su libertad y de sus leyes. Sin embargo, la desconfianza era general: muchos sospechosos vigilaban cada movimiento y cualquier intento de negociación estaba bajo estrecha vigilancia.

Un esclavo de los exiliados logró infiltrarse en Siracusa haciéndose pasar por desertor y contactó a simpatizantes romanos. Así iniciaron una serie de encuentros secretos: algunos romanos, ocultos bajo redes en barcos de pesca, se deslizaban hasta el campamento para conversar con los traidores; otros imitaban el mismo método, hasta contar con unos ochenta participantes.

El plan quedó al descubierto cuando un hombre llamado Atalo lo informó a Epicedes, quien no formaba parte de la conspiración. Todos los implicados fueron ejecutados mediante torturas atroces.

Una nueva oportunidad

Pronto surgió otra esperanza. Un lacedemonio llamado Damipo, enviado por Siracusa al rey Filipo, había sido capturado por la flota romana. Epicedes mostró gran interés en su rescate; Marcelino aceptó, pues los romanos buscaban el apoyo de los etólios, aliados de Lacedemonia.

Se eligió como punto de intercambio el puerto de Trogilo, cerca de la torre de Geleáger, situado a medio camino entre la ciudad y el campamento. Durante una de estas reuniones, un oficial romano observó la muralla, contó sus piedras y estimó su altura. Concluyó que en ese sector la muralla era más baja de lo que se creía y que se podría escalar con escaleras de tamaño medio. Marcelino tomó nota del hallazgo, aunque la zona estaba fuertemente vigilada, por lo que esperó el momento oportuno.

El plan de asalto nocturno

Un desertor informó que Siracusa celebraría el festival de Diana durante tres días, con abundante vino distribuido entre la población. Aprovechando esa distracción, Marcelino reunió a un pequeño grupo de tribunos, centuriones y soldados de élite, les suministró escaleras y ordenó al resto del ejército que se retirara para descansar y reabastecerse.

Cuando la madrugada sumió a los sitiados en su primer sueño, Marcelino dio la señal. Un milero de hombres, cubiertos con mantos para pasar desapercibidos, avanzó en silencio hasta el punto señalado, colocó las escaleras y, uno a uno, escalaron la muralla sin hacer ruido. El valor de los primeros inspiró a los demás, que siguieron su ejemplo y lograron abrir una brecha en la defensa siracusana.


Publicación siguiente