Para salvar su capital, el emperador Constantino XI Dragases solo podía contar con la ayuda de Europa. Durante décadas los soberanos griegos intentaron sin éxito alcanzar un acuerdo con las potencias occidentales, lo que implicaba una unión religiosa con Roma y, por ende, el reconocimiento de la preeminencia espiritual del papa.
Monjes griegos enviados al concilio de Ferrara y luego al de Florencia (1438‑1439) aceptaron finalmente esa unión, pero la población de Constantinopla y el resto del mundo ortodoxo, tanto griego como eslavo, rechazaron la decisión.
En 1453, el Occidente, ante la inminente caída, abandonó al antiguo Estado a su destino. Al conocer el asedio, Génova y Venecia, cuyos intereses estaban amenazados, enviaron unas pocas naves y unos cientos de soldados, bajo el mando del valiente veneciano Giovanni Giustiniani, quien dirigió la defensa durante el ataque. Esa fue toda la ayuda que llegó.