El Mediterráneo en el siglo XVI
Dos grandes potencias dividían el dominio del Mediterráneo: por un lado, España con sus posesiones italianas y de las islas (Baleares, Cerdeña, Sicilia, Reino de Nápoles y Ducado de Milán); por otro, el Imperio otomano, que a comienzos del siglo XVI ya se extendía desde los límites austríacos hasta el Golfo Pérsico y desde el Mar Negro hasta Argel y Marruecos.
Esta división política estaba acompañada por una profunda brecha religiosa entre cristianos y musulmanes, lo que avivaba la idea de una "guerra santa" cada vez que surgía una confrontación.
Al mismo tiempo, el comercio conectaba ambas costas. Venecia dependía de Chipre como punto de tránsito hacia Oriente. La conquista otomana de la isla obligó a los cristianos a unirse. Durante mucho tiempo, el nombre de Lepanto evocó la mayor victoria cristiana sobre los infieles, y personajes como Cervantes recordaron la herida que allí recibió como su mayor distinción.
Desde principios del siglo XVI, los galeras turcas asediaban la costa occidental del Mediterráneo, asaltando Sicilia y la península ibérica, capturando a miles de habitantes para convertirlos en esclavos del sultán. La mera visión de una galera otomana provocaba temor entre marineros, comerciantes y viajeros.
Una coalición contra los turcos
La inseguridad también alcanzó a los estados. La República de Venecia, dependiente del comercio marítimo, se vio amenazada cuando en marzo de 1570 los otomanos ocuparon Nicosia, Chipre. La alianza entre los turcos y el rey argelino Eudj Ali ponía en riesgo las posesiones españolas que se extendían desde Gibraltar hasta Nápoles.
La caída de Nicosia obligó a los cristianos a reaccionar. El papa Pío V revivió el ideal de la cruzada y sirvió de mediador entre Venecia y España para crear una Liga Santa. A principios de 1571, la Santa Sede, Venecia y España acordaron unir sus fuerzas contra la flota otomana. En Messina, durante el verano, se congregaron 200 barcos y 30 000 hombres de combate.
El día 7 de octubre de 1571
Al mando del medio hermano de Felipe II, don Juan de Austria, la flota cristiana zarpó de Messina el 16 de septiembre rumbo a Corfú. Allí los exploradores avistaron la armada otomana, compuesta por 230 galeras, atracada en el golfo de Lepanto, entrada del golfo de Corinto.
Al saber de la presencia cristiana, los otomanos intentaron atacar, y los cristianos tomaron la misma decisión. Al amanecer del 7 de octubre, ambas flotas se encontraron. Don Juan logró encerrar a los turcos en el golfo, imposibilitando su retirada. La batalla, esencialmente naval, se tornó en combates cuerpo a cuerpo durante numerosos abordajes.
La infantería española mostró gran valentía; las poderosas galeras venecianas (galeazas) desbarajaron la formación otomana, mientras que las rápidas galeras comandadas por Jean André Doria desestabilizaban la defensa turca. Los cañones tronaban, los proyectiles perforaban los cascos y el fuego se propagaba, sembrando pánico entre los otomanos. Sólo el rey argelino Eudj Ali, con treinta galeras, logró escapar.
Tras un día entero de feroces combates, al atardecer los cristianos habían triunfado, aunque el mar estaba teñido de sangre.
Consecuencias inmediatas
La batalla tuvo la participación de la Santa Liga, compuesta por la armada del Papa, España y Venecia, con aportes menores de Génova, estados italianos, Saboya (tres galeras de Niza) y los Caballeros de Malta. El mando cristiano recaía en don Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos V; los otomanos estaban dirigidos por Ali Pasha, asistido por los corsarios Scirrocco y Euldj Ali.
Este enfrentamiento marcó un punto de inflexión en la estrategia naval: fue la primera vez que galeras se enfrentaron a una flota más maniobrable y armada con cañones de gran calibre. La táctica de bloquear a los turcos en el golfo y los abordajes masivos de la infantería española fueron decisivas.
Durante la lucha, la galera del almirante otomano fue abordada por los hombres de don Juan y por la galera del almirante de Niza, André Provana de Leyni; el almirante turco fue decapitado y su cabeza exhibida en el mástil principal español, lo que minó la moral otomana. La batalla concluyó alrededor de las 16:00 horas.
Resultado y repercusión
Los otomanos sufrieron una derrota aplastante: perdieron 260 de sus 300 barcos, alrededor de 30 000 muertos o heridos y 8 000 prisioneros. Los cristianos contabilizaron 7 500 muertos y 30 000 heridos, pero capturaron 117 galeras, 450 cañones y 39 estandartes otomanos. La victoria consolidó la hegemonía española en el Mediterráneo occidental.
Aunque el Imperio otomano reconstruyó rápidamente su flota y volvió a tomar Chipre y fortalezas en Túnez, no volvió a aventurarse significativamente en el Mediterráneo occidental. Con el tiempo, el protagonismo del mar Mediterráneo disminuyó frente al auge de las flotas oceánicas.
La Batalla de Lepanto es considerada el final de la era de las galeras como principal arma naval, cediendo paso a los galeones armados con cañones.
Anécdotas destacadas
Entre los combatientes más célebres estaba el escritor español Miguel de Cervantes, quien perdió el uso de la mano izquierda en el abordaje. Su famosa frase "¡Por la gloria de la derecha!" quedó para la posteridad.
Gran parte de la tripulación otomana estaba formada por jenízaros, niños cristianos capturados, islamizados y entrenados como élite militar.
El botín obtenido —117 barcos, 450 cañones y 39 estandartes — sirvió de consuelo ante las enormes pérdidas humanas, pero el verdadero premio fue la victoria moral que revitalizó la fe cristiana y la influencia española en Europa.
En palabras de Cervantes, Lepanto se convirtió en "el encuentro más memorable que los siglos pasados han visto y que los futuros esperan ver".
El contexto del reinado de Felipe II
La victoria de Lepanto se enmarca dentro de la política de Felipe II (1556‑1598), cuyo objetivo era ser el brazo político del catolicismo, combatiendo tanto a musulmanes como a protestantes.
La revuelta de los Países Bajos
El descontento religioso y político estalló en 1566, y en 1579 las Provincias Unidas se separaron, marcando el fracaso español para contener el expansionismo protestante en el norte de Europa.
Intervención en Francia
Durante las Guerras de Religión, Felipe II apoyó a los católicos franceses y envió tropas, pero no logró impedir la ascensión al trono de Enrique IV en 1589, pese a su conversión al catolicismo.
La Armada Invencible
En 1588, el mismo Felipe II lanzó la Armada Invencible contra Inglaterra; una combinación de tormentas y la eficaz defensa inglesa convirtió la expedición en un desastre.