Historia antigua

La Batalla del Paso de Somosierra (1809)

Un paso estrecho entre sierras

En la península ibérica, varias sierras escarpadas y casi paralelas, que alcanzan los 2.500 m, separan la Castilla la Vieja de la Nueva. Al pie de estas montañas se extienden mesetas áridas y valles estrechos. Para ir de Aranda a Madrid hay que cruzar la Sierra de Guadarrama, y el único paso disponible es el de Somosierra, a 1.438 m de altitud. No es un verdadero paso, sino un estrecho desfiladero de dos kilómetros de longitud y, en algunos tramos, apenas treinta metros de ancho.

Situación estratégica

Tras la llegada de Napoleón a España, el servicio de inteligencia francés se vuelve más eficaz. El Emperador sabe que, tras la desastrosa derrota del ejército español al norte de Burgos, la Junta de Madrid ha reunido un cuerpo de 28.000 hombres y 28 cañones. El mando recae en Benito San Juan, un fervoroso castellano que, según los madrileños, impediría cualquier paso por la Guadarrama.

El 29 de noviembre, el cuerpo de Victor llega al pueblo de Bocaguilas, a los pies de la sierra, donde Napoleón se instala y dicta sus órdenes. La división de Ruffin avanza en tres columnas: la central por la carretera que lleva al paso y las dos laterales que rodean la ruta, escalando rocas y derribando cualquier resistencia. Al amanecer del 30 de noviembre, la niebla favorece la aproximación, pero los informes de las columnas laterales son pesimistas: el terreno rocoso dificulta enormemente el avance.

La decisión de Napoleón

Ante la aparente imposibilidad de una marcha de infantería, Napoleón opta por una acción relámpago: la carga de caballería. El coronel Piré, de los chasseurs de la Guardia, reconoce que el paso está defendido por varios cientos de españoles y cuatro cañones en cada una de las tres curvas que preceden al desfiladero, además de una batería de dieciséis cañones en la cumbre. «¡Señor, el paso es imposible!», exclama. La respuesta del Emperador es inequívoca: «¡No conozco esa palabra!».

Los caballeros polacos de la Guardia Imperial, ataviados con chaqué azul, plastrón escarlata y pantalones de color rojo, se preparan para la carga. Son 250 hombres, liderados por el general Montbrun, quien, sin mando asignado, se ofrece a dirigir la acción. Philippe de Ségur, oficial de caballería del Emperador, también solicita participar.

La carga

Los polacos avanzan a trote y luego a galope. En la primera curva se encuentran con cuatro cañones españoles; el primer salve elimina a la primera escuadra y mata al comandante Kozietulski. La segunda curva produce el mismo resultado: cincuenta caballeros más caen bajo el fuego. A pesar de las bajas, la carga continúa, impulsada por los gritos de «¡Viva el Emperador!» y la determinación de los sobrevivientes.

Cuando la caballería alcanza el paso, la batería española abre fuego. Ségur y el teniente Niegolewski caen, junto a otros sesenta polacos. Quedan apenas cuarenta jinetes, muchos heridos, pero Montbrun, aún en su caballo, blande la espada y ordena seguir adelante.

Caos y victoria

El pánico se apodera de los defensores españoles, que no comprenden cómo los disparos y la artillería no detienen a los caballeros. Benito San Juan, en un intento desesperado por contener la huida, es abatido por sus propios soldados. Los sables de los chasseurs hacen volar las cabezas de los españoles mientras el grito de «¡Viva el Emperador!» retumba en el desfiladero.

Napoleón llega a galope, desmonta y se dirige al teniente Niegolewski, aún vivo pero cubierto de sangre. El Emperador le quita la cruz del pecho, gesto que pasará a la leyenda. Ségur también resulta gravemente herido. Esa misma noche el Emperador pasa la noche en Buitrago, al otro lado de la sierra.

Conclusión

Al día siguiente, Napoleón reúne a los caballeros supervivientes, que llevan banderas y heridas, y los elogia como la mejor caballería de su ejército. La carretera hacia Madrid queda libre, y los polacos, entre lágrimas de alegría, saben que su audaz carga ha abierto el camino a la capital.

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