Día de la Federación
Tras la caída del «despotismo ministerial» y la aprobación de los principios del derecho natural por la Asamblea Constituyente, muchos creían que la Revolución francesa podía evolucionar hacia una monarquía constitucional. Sin embargo, los acontecimientos tomaron otro rumbo.
Un clima de división
Mientras la Asamblea debatía las complejas decisiones del 4 de agosto, el país se sumía en una profunda grieta ideológica. Luis XVI, indeciso y vacilante, oscilaba entre posturas que resultaban cada vez más perjudiciales para la monarquía. Por su parte, gran parte del ejército, inspirado por la causa popular, exigía una revolución más radical, al igual que la población urbana.
Al mismo tiempo, muchos nobles –y con ellos una parte importante de la sociedad francesa–, tradicionalmente leales al rey y a la Iglesia, comenzaron a alzarse contra los cambios.
Creación de federaciones
Para consolidar los logros del verano de 1789, se formaron federaciones de municipios y provincias en toda Francia. Estas agrupaciones tenían la misión de representar y mantener el espíritu de los Estados Generales.
La gran celebración del 14 de julio de 1790
El 14 de julio, fecha del asalto a la Bastilla, se celebró el Día de la Federación en el Champ‑de‑France de París. La fiesta, a la que asistieron la familia real y multitudes jubilosas, pretendía simbolizar la unión entre el rey y la nación, una "mística" que Talleyrand proclamó en la misa celebrada allí.
Sin embargo, la ilusión fue breve. Dos días antes, la Asamblea Constituyente había aprobado la Constitución Civil del Clero, una medida que profundizaría la ruptura entre la Revolución y la Iglesia.
Consecuencias posteriores
El intento de reconciliación se desmoronó con la fuga del rey a Varennes en junio de 1791 y, poco después, con la disolución de la Asamblea Constituyente. El clero, que se sentía alienado por la nueva legislación, se convirtió en uno de los principales focos de conflicto en los años venideros.