
Entrenamiento de supervivencia en la selva
Además de aprender a cazar, se nos anima a hacerlo porque mejora nuestro conocimiento del terreno, agudiza la vista y nos obliga a perfeccionar la técnica de acecho y tiro. La carne es también una necesidad. El macizo forestal donde nos entrenamos lleva años bajo reserva y la fauna es abundante: tigres, leopardos, ciervos axis y sambar (estos últimos de gran tamaño), perros salvajes, gaur, jabalíes, elefantes, y especies menores como civetas, mangostas, tragones, pequeños ciervos apenas mayores que un conejo, y aves como pavos reales y gallos silvestres.
Un tigre y sus dos cachorros viven cerca; los cruzamos a diario. Los elefantes son numerosos y ruidosos. Cada día traemos algo de regreso.
Abastecimiento limitado y recursos del bosque
Los víveres que recibimos son escasos a propósito: arroz, té, azúcar, sal, un poco de carne en polvo y verduras deshidratadas. Por ello debemos alimentarnos de los productos del bosque: carne, vegetales y pescado. Cada jornada buscamos espárragos silvestres, brotes de bambú y caryota.
Trampas y defensa del campamento
Se captura mucho porque una trampa es mucho menos ruidosa que un disparo. Hemos desarrollado gran habilidad en la fabricación y uso de diferentes tipos de trampas: lazos para aves y animales, trampas de aturdimiento, fosos, trampas con flechas y los llamados “punjis”. Los punjis son varas delgadas de bambú endurecidas al fuego, afiladas y plantadas en ángulos variados para proteger el campamento o una ruta donde se planea una emboscada; el enemigo se clava en ellas. También se colocan bajo fosos, en trampas camufladas o colgados sobre senderos.
Navegación y sigilosidad
La selva es un océano sin hitos. Debemos orientarnos con precisión para llegar al punto fijado sin error y localizar nuestro campamento. Multiplicamos los ejercicios de orientación. Con el tiempo aprendemos a sentirnos en casa día y noche; la brújula ya no tiene secretos para nosotros. Sabemos caminar sin dejar rastros inútiles, distinguir la huella de un buey de la de un soldado japonés con dedos separados, detectar trampas japonesas que colocan tiras de metal bajo los zapatos para imitar los cuernos de una pezuña. Evitamos perfiles en el horizonte, huecos de valles difíciles y usamos señales que el adversario confunde con los sonidos habituales de la selva.
Sabemos cómo impedir que la luz de la luna se refleje en nuestro equipo, empleamos un código de señales silenciosas, no rompemos ramas y amarramos todo sin producir ruido.
Capacidades operativas
Nos sentimos capaces de ejecutar patrullas, emboscadas, ataques a puestos aislados, enlaces diurnos y nocturnos, vivir varios meses en la selva y subsistir. Utilizamos ríos y torrentes de montaña para orientarnos o reabastecernos, cruzamos corrientes de agua de diversas formas e incluso nadamos cerca de cocodrilos.
Prueba final: 35 kg en solitario
El último ejercicio consiste en que cada alumno pase solo con 35 kg de equipo a cumplir un objetivo fijo. Disponemos de tres días y dos noches sin que nadie sepa dónde estamos. El equipamiento incluye tienda, manta, mosquitero, ganchos, ropa y calzado de repuesto, cuerda, botiquín y alimentos básicos (ciruelas secas, azúcar, sal). Dependerá de nosotros conseguir carne, vegetales y pescado. Llevamos una metralleta sin cartuchos; nuestra única arma es un cuchillo, en una zona infestada de tigres y cocodrilos.
El terreno obliga a evitar los “mares de bambú”, rocas y los sinuosos cauces, optando por rutas más directas y rápidas. En caso de accidente, nadie sabe dónde estamos y no podemos contar con ayuda. Durante la prueba ocurren incidentes: uno confunde una pitón con un tronco, otro debe abandonar su refugio al mediodía porque un tigre lo invade, otro tiene problemas con un cocodrilo, y otro, al dormir en una pequeña isla, se despierta en el agua cuando el río se desborda repentinamente. En el “D‑Day” todo el equipo se reúne, completo.