«[…] por nuestra vida sólo ves la corteza exterior. Porque la corteza es tal que nos ves con hermosos caballos y bellas vestiduras, y así parece que estarás a gusto. Pero desconoces los fuertes mandatos que están dentro. Es grande que tú, señor de ti mismo, te conviertas en servidor de los demás.» (Extracto de la Regla 661).
Las normas de la Orden y sus disposiciones describen con precisión cómo era la vida diaria de los templarios tanto en Occidente como en Oriente. Su rutina se dividía entre momentos de oración, vida colectiva (comidas, reuniones), entrenamiento militar, apoyo y protección de peregrinos, gestión de bienes domésticos, comercio, recaudación de impuestos y rentas, control del trabajo de los campesinos en las tierras de la Orden, diplomacia, guerra y la lucha contra los infieles.
Los templarios, protectores de peregrinos
La vocación de la Orden del Temple era la protección de los peregrinos cristianos que se dirigían a Tierra Santa. Este viaje era uno de los tres más importantes del cristianismo medieval. Duraba varios años y los peregrinos recorrían casi doce mil kilómetros ida y vuelta, mayormente a pie y también en barco para cruzar el Mediterráneo. Los convoyes partían dos veces al año, en primavera y otoño. Por lo general, los peregrinos desembarcaban en Acre, también llamada San Juan de Acre, y luego proseguían a pie hacia los lugares sagrados.
Como gens d'arme (gendarme), los templarios aseguraban las rutas, en especial la que iba de Jaffa a Jerusalén y la que conectaba Jerusalén con el Jordán. Además, custodiaban varios sitios sagrados: Belén, Nazaret, el Monte de los Olivos, el Valle de Josafat, el río Jordán, la colina del Calvario y el Santo Sepulcro en Jerusalén.
Todos los peregrinos tenían derecho a la protección de los templarios. Así, los caballeros participaron en las cruzadas y en peregrinaciones armadas, vigilando de cerca a los soberanos de Occidente. En 1147, los templarios asistieron al ejército del rey Luis VII, que fue atacado en las montañas de Asia Menor durante la Segunda Cruzada (1147‑1149). Esta ayuda permitió que la expedición continuara y el rey de Francia quedó muy agradecido.
Durante la Tercera Cruzada (1189‑1192), los templarios y los Hospitalarios formaron la vanguardia y la retaguardia, respectivamente, del ejército de Ricardo Corazón de León. En la quinta cruzada, la participación de las órdenes militares, y de los templarios en particular, fue decisiva para proteger al ejército real de Luis IX antes de la toma de Damiata.
Peregrinos admirando las reliquias e instrumentos de la Pasión en Constantinopla. A la izquierda, la Lanza Sagrada, la Cruz Sagrada y los clavos; a la derecha, la Corona de Espinas. Ilustración del siglo XV.
La Orden del Temple también ayudaba excepcionalmente a los reyes en dificultades financieras. En varias ocasiones, los templarios rellenaron los arcas reales vacías (cruzada de Luis VII) o pagaron los rescates de monarcas capturados (cruzada de Luis IX).
Los templarios, guardianes de reliquias
En Oriente como en Occidente, la Orden poseía reliquias sagradas. A veces las transportaba por cuenta propia o las trasladaba para otros. Las capillas templarias albergaban las reliquias de los santos a los que estaban dedicadas. Entre las más importantes estaban la capa de San Bernardo, fragmentos de la Corona de Espinas y restos de la Vera Cruz.