Contexto histórico
El 5 de agosto de 910 se libró la Batalla de Tettenhall, enfrentando a las fuerzas combinadas de Wessex y Mercia contra un ejército vikingo del antiguo reino de Northumbria, asentado en Mercia. A comienzos del siglo X gran parte del noreste de Inglaterra estaba bajo control danés; la capital vikinga era Jórvík (York). El rey de Wessex, Alfredo el Grande, había frenado las incursiones danesas y su hijo, Eduardo el Viejo, pudo iniciar ofensivas contra los invasores.
Eduardo se alió con el conde Æthelred de Mercia y, en 909, emprendieron una campaña de cinco meses en el antiguo reino de Lindsey, donde recuperaron las reliquias de San Oswaldo.
La batalla
Los vikingos, deseosos de vengarse, reunieron en 910 una flota bajo los reyes Halfdan II, Eowils y un cierto Ivarr, que navegó por el Severn y desembarcó en el corazón de Mercia. Tras saquear la zona y acumular botín, intentaron regresar al norte, pero subestimaron la rapidez de la respuesta anglosajona.
Eduardo, que había reunido una flota en Kent, se unió a Æthelred y rodeó a los daneses, impidiéndoles alcanzar Bridgnorth o el mar. Atrapados y sin posibilidad de retirada, los vikingos se vieron obligados a combatir.
Los detalles tácticos son escasos, pero los cronistas anglosajones relatan que los aliados rodearon a los vikingos y les infligieron graves pérdidas: "varios miles de hombres" murieron. Los reyes Halfdan II y Eowils fueron abatidos en combate. Eduardo el Viejo y Æthelred sobrevivieron, aunque este último pudo haber sufrido heridas que le causaron la muerte al año siguiente.
Consecuencias
Con la derrota de los daneses del norte, Wessex y Mercia pudieron concentrarse en los asentamientos vikingos del sur. En pocos años, Inglaterra quedó unificada bajo la bandera de Wessex y la expansión danesa se detuvo definitivamente. No obstante, el vacío dejado en el norte fue aprovechado por los vikingos de Irlanda, que se instalaron en la zona.