El origen del Imperio Maurya y la dinastía Nanda
En el siglo IV a.C., el reino de Magadha se consolidaba como la potencia dominante del norte de la India. En ese mismo período, Alejandro Magno, rey de Macedonia, había derrotado al Imperio persa y había llegado hasta el noroeste del subcontinente indio, dejando tras de sí una serie de enclaves greco‑macedonios.
El caos posterior a la invasión de Alejandro favoreció la aparición de la primera dinastía que unificó la India: la dinastía Maurya. Antes de los Maurya, el territorio había estado bajo el control de la dinastía Nanda.
La dinastía Nanda
Los Nanda surgieron alrededor del siglo IV a.C. en el norte de la India. Provenían de la clase Shudra del sistema de varnas y fueron fundados por Mahapadma Nanda, quien, según algunas fuentes, provenía de los estratos más bajos de la sociedad.
Gracias a la abundancia de mineral de hierro, bosques y rutas comerciales, los Nanda contaban con una importante capacidad militar y económica.
Chandragupta y la caída de los Nanda
El joven Chandragupta logró derrocar a la dinastía Nanda. Las crónicas brahmánicas lo describen como de origen Shudra, mientras que los textos budistas lo ubican entre la casta guerrera Kshatriya. Lo que sí es claro es que su ascenso contó con el apoyo de los brahmanes, quienes veían con recelo a los Nanda por su bajo origen.
Alrededor del 317 a.C., Chandragupta fundó el Imperio Maurya, creando el primer Estado que abarcó tanto el valle del Indo como el del Ganges.
El Imperio Maurya
Chandragupta expulsó a los restos de los ejércitos greco‑macedonios que todavía mantenían puestos en la cuenca del Indo, consolidando así el dominio Maurya sobre gran parte del subcontinente.
Relaciones con los seléucidas
Tras la muerte de Alejandro, sus generales se repartieron su vasto imperio. Seleuco I Nicator, fundador de la dinastía seléucida, controlaba territorios que bordeaban el oeste del Imperio Maurya. Las fuentes históricas no son concluyentes: algunos historiadores sugieren que Chandragupta y Seleuco se enfrentaron militarmente, mientras que otros sostienen que firmaron un tratado de paz sin llegar a la batalla, intercambiando elefantes de guerra por territorios.
Los elefantes indios eran muy codiciados en los conflictos del Mediterráneo y África, lo que pudo haber motivado a Seleuco a buscar una alianza o al menos una cesión pacífica.
El apogeo bajo Ashoka
Tras la muerte de Chandragupta, su hijo Bindusara heredó el trono, y posteriormente el nieto Ashoka (268‑232 a.C.) expandió el imperio hasta Kalinga, en el este de la India. La sangrienta conquista de Kalinga provocó una profunda reflexión en Ashoka, quien adoptó el budismo y promovió una política basada en el Dharma, centrada en la moralidad, la no violencia y el bienestar social.
Ashoka impulsó la construcción de pilares y edictos, difundió el budismo por toda Asia y reformó la administración. Sin embargo, el mantenimiento de un vasto aparato burocrático y militar resultó costoso, y el creciente descontento de la clase brahmánica, que se oponía al favorecimiento del budismo, debilitó la autoridad real.
Declive y fin del Imperio Maurya
Después de la muerte de Ashoka, la sucesión real se volvió conflictiva. Las luchas internas, sumadas a la presión de potencias externas como los greco‑bactrianos y, más tarde, los kushanes, redujeron la influencia maurya.
En el siglo II a.C., los persas de Bactria y los kushanes expandieron su dominio en la cuenca del Indo, mientras que la dinastía Satavahana controlaba el sur del subcontinente. Finalmente, alrededor del 180 a.C., el general Pushyamitra Shunga derrocó al último rey maurya y fundó la dinastía Shunga, poniendo fin al Imperio Maurya.
Así, el legado maurya quedó marcado por la primera gran unificación política de la India, la difusión del budismo y la influencia cultural que perduró mucho después de su caída.