Los lugares sagrados y sus reliquias fueron un elemento central del cristianismo medieval. Tras justificar la guerra santa durante la Reconquista, la Iglesia lanzó una serie de cruzadas con el objetivo de liberar la Tierra Santa, Jerusalén.
La convocatoria, siempre basada en una bula papal, era difundida por el clero como un deber sagrado y noble, acompañada de una indulgencia plenaria (perdón de los pecados). Así reyes, nobles, caballeros y campesinos de toda Europa, especialmente de Francia, se comprometieron fervorosamente con la religión y la gloria bajo la bandera del papa, reforzando su poder.
La brutalidad de las campañas dividió al cristianismo y generó gran resentimiento en Oriente.
Período: 1096‑1272

Personajes destacados
- Urban II
- Eugenio III
- Luis VII
- Conrado III
- Gregorio VIII
- Saladino
- Ricardo I «Corazón de León»
- Felipe II Augusto
- Federico I «Barbarroja»
- Honorio III
- Federico II
- Inocencio IV
- Luis IX «San Luis»
Desarrollo de las cruzadas
1096‑1099 – Primera Cruzada
Iniciada por el papa Gregorio VII y proclamada en el Concilio de Clermont por Urbano II, ofreció indulgencia plenaria a los participantes. Peregrinos de Francia y Alemania partieron, muchos murieron en el camino y se perpetraron masacres contra judíos. Las cuatro armadas europeas llegaron a Constantinopla, recuperaron territorios ocupados por los turcos y siguieron hasta conquistar Jerusalén, fundando el Reino de Jerusalén en 1099. En el trayecto, nobles establecieron feudos en Asia Menor y Siria (por ejemplo, el condado de Edessa), abriendo puertos al comercio occidental.
1147‑1149 – Segunda Cruzada
Tras la caída del condado de Edessa en 1144 a manos del gobernador turco Zengi, el papa Eugenio III convocó una nueva cruzada. Respondieron el rey francés Luis VII y el emperador alemán Conrado III. La expedición fue desastrosa: la mayoría de los cruzados eran civiles y murieron en el camino, sin lograr liberar Edessa. Mientras tanto, Saladino consolidó Egipto y Siria, recuperando las antiguas colonias cruzadas.
1189‑1192 – Tercera Cruzada
Para responder a la toma de Jerusalén por Saladino en 1187, el papa Gregorio VIII llamó a la tercera cruzada. Ricardo I de Inglaterra, Felipe II de Francia y Federico I Barbarroja tomaron la cruz en 1188 y recaudaron el diezmo saladino para financiarla. La muerte accidental de Federico dejó a los dos reyes al frente; lograron tomar Acre, pero Felipe II regresó a su reino. Ricardo continuó la lucha sin conseguir Jerusalén y, en 1192, firmó un tratado con Saladino que garantizaba la seguridad de peregrinos cristianos y musulmanes.
1202‑1204 – Cuarta Cruzada
Las tensiones surgidas tras el Cisma de 1054 desviaron la cuarta cruzada, proclamada por Inocencio III con fines comerciales. El objetivo se desvió y culminó con el saqueo de Constantinopla en 1204.
1228‑1229 – Quinta Cruzada
El papa Honorio III instó al emperador Federico II a cumplir su voto cruzado; tras ser excomulgado, Federico partió y obtuvo Jerusalén sin derramar sangre.
1248‑1254 – Sexta Cruzada
En 1244 Saladino recuperó Jerusalén; Inocencio IV llamó a la cruzada liderada por Luis IX. Los cruzados tomaron Damieta, pero en 1250 el rey fue capturado por los mamelucos egipcios. Fue liberado a cambio de Damieta y dedicó sus últimos años a fortificar los puertos. Menos de una década después, la mayoría de los enclaves latinos fueron perdidos.
1268‑1272 – Séptima Cruzada
Luis IX volvió a cruzar, intentando convertir al gobernante de Túnez al cristianismo. Murió de peste; su hermano Carlos de Anjou firmó convenios favorables con Túnez. Mientras tanto, el sultán mameluco Qalawún inició la conquista de los estados latinos del Levante, que el Occidente ya no podía sostener.
Consecuencias
- Además de la expansión territorial, el contacto con Oriente revitalizó el comercio mediterráneo, especialmente de seda y especias. Los cruzados regresaron con riquezas y con una nueva visión cultural: el Este estaba más avanzado en áreas como la medicina.
- Las cruzadas fracturaron la Iglesia, creando facciones a favor y en contra, como la orden de Cluny, que defendía una conversión pacífica.
- El uso de la cruzada con fines políticos (por ejemplo, contra los albigenses en 1207‑1208) debilitó la unidad eclesiástica y contribuyó al cisma de 1054.