
Contrario a lo que su nombre sugiere, el centurión no comandaba exactamente cien hombres, sino una unidad de entre 60 y 100 soldados, siendo 60 la cifra más habitual. Ese número lo sitúa por encima del rango de suboficial y lo convierte en un oficial junior, pieza clave dentro del ejército romano.
Estos oficiales estaban en contacto directo con los legionarios y los dirigían tanto en el campamento como en el campo de batalla. Cada centuria tenía su propio centurión, quien debía vigilar a sus hombres y servir como ejemplo de valor y disciplina. Uno de los centuriones más recordados es Marco Celio, fallecido en la desastrosa Batalla del bosque de Teutoburgo (9 d.C.). Su cenotafio muestra un busto con una coraza decorada con varios discos metálicos, un collar y dos brazaletes, evidencias de su bravura.
¡Cuidado con el vitis!
Para ejercer su autoridad el centurión portaba el vitis, una vara de vid (o de madera sustituta donde la vid no crecía). Con ella podía castigar a los soldados que mostraran desobediencia. En las inscripciones el vitis a menudo se representa como una “7” con un bucle y, en algunos textos, la propia palabra centurio alude al símbolo.
Tácito relata que, en el año 14 d.C., los soldados de las provincias de Panonia y Germania se amotinaron exigiendo aumentos salariales y mejores condiciones, al estilo de los sindicatos modernos. En la revuelta mataron al centurión Lucilio, apodado “¡Otro más!” porque, tras romperle la vara, pedía otra y otra (Annales, I, 23, 3). El mismo símbolo aparece en los Evangelios, donde un centurión dice a Jesús: «Yo solo soy un subalterno, pero bajo mi mando hay soldados; a uno le digo ‘¡Anda!’ y va, a otro ‘¡Ven!’ y viene» (Mateo 8,9).
La rutina diaria del centurión
Además de la batalla, los centuriones tenían amplias responsabilidades en la vida cotidiana del campamento. Supervisaban los entrenamientos, organizaban guardias, limpiezas y tareas de logística. Cada cinco días se practicaba el entrenamiento con armas y, tres veces al mes, se realizaban ejercicios de formación en unidad.
Al alba se celebraba una asamblea de saludos que culminaba con el saludo al legado que comandaba la legión. Luego se distribuían los deberes del día: guardia de las puertas y del principia, reparaciones, limpieza, abastecimiento y reparto de víveres. Los centuriones recibían los suministros de los oficiales superiores, los distribuían entre los almacenes y los entregaban a los soldados, cobrando las correspondientes raciones. Cada centurión contaba con un pequeño staff llamado officium, compuesto por suboficiales que le aliviaban de tareas menores.
El ejército como espejo del orden social
Los centuriones no provenían de cualquier origen. La mayoría ascendía desde los rangos de suboficiales (principes, corniculares, optiones), cargos que les permitían adquirir experiencia directa en el mando. Otros provenían de la clase ecuestre (ex equite romano), jóvenes ambiciosos que, sin alcanzar altos cargos civiles, se incorporaban al ejército como oficiales de menor rango.
Un tercer grupo estaba formado por ciudadanos de la élite provincial o italiana que, tras presentarse al dilectus (reclutamiento), accedían directamente al rango de centurión. Algunos ejemplos de esta vía de acceso se encuentran en inscripciones que indican ascensos muy rápidos antes de la muerte prematura.
La carrera hasta el primipilo
Los centuriones podían escalar una serie de puestos dentro de la jerarquía de la centuria. En una cohorte típica (exceptuando la primera) existían seis centuriones, ordenados de la siguiente forma:
- Pilus prior (delantera)
- Pilus posterior (trasera)
- Princeps prior (central)
- Princeps posterior (central)
- Hastatus prior (frontal)
- Hastatus posterior (trasera)
En la Primera Cohorte había solo cinco centurias, pero duplicadas, y el centurión de mayor rango era el primus pilus (o primipilo), que formaba parte del consejo de oficiales y cuya opinión tenía gran peso.
El ascenso no era lineal; los oficiales solían saltar puestos hasta llegar a la Primera Cohorte. Un ejemplo es Publio Aelio Romano, originario de Misia, que sirvió como centurión en la Iª legión itálica, luego en la XXª Valeria, después en la VIIª Claudia y finalmente en la IIIª Augusta.
Ser nombrado primipilo podía abrir la puerta a carreras aún más prestigiosas: decuriones de ala, prefectos de campamento, tribunos de la guardia urbana, tribunos de la guardia pretoriana e incluso cargos de procurador.
Una carrera ejemplar
Una inscripción hallada cerca de Henchir el‑Hammam relata en verso libre los votos cumplidos de un centurión que llegó a ser primipilo de la IIIª Augusta:
“Ibidé prometí matar a los dacios; los maté.
Prometí sentarme en paz; lo hice.
Prometí seguir triunfos ilustres; los alcancé.
Prometí cobrar el salario completo del primipilo; lo recibí.
Prometí contemplar a las ninfas desnudas; las vi.”
Participó en la guerra dacia bajo Trajano (101‑106 d.C.), desfiló en el triunfo del emperador y alcanzó el rango de primipilo en África‑Numidia. La última línea sugiere que, además de los honores militares, disfrutó de los placeres artísticos o oníricos que la cultura romana ofrecía.
Los salarios de los centuriones
En el siglo I d.C. un centurión legionario percibía aproximadamente 3 750 denarios al año; bajo Domiciano la cifra subió a 5 000 denarios. Por contraste, un legionario raso cobraba entre 900 y 1 200 denarios, mientras que un centurión auxiliar recibía menos y uno de la guarnición de Roma, más.
Para dar una idea, un campo de trigo en Judea se podía comprar con 30 denarios.
Línea de tiempo
- 107 a.C. – Marius reorganiza la legión en 10 cohortes de 360 hombres, cada una dirigida por 6 centuriones.
- 44 a.C. – Muerte de César; en sus Comentarios elogia la disciplina y el valor de los centuriones.
- 27 a.C. – Augusto crea la Guardia Pretoriana; servir en ella facilita la promoción a centurión.
- I‑V siglos d.C. – Los primipilos llegan a liderar legiones y a ocupar cargos de alto nivel.
- 100 d.C. – Fallece Flavio Josefo, cuyas obras describen la función de los centuriones en Judea.
- 122 d.C. – Adriano construye el Muro de Adriano; los centuriones supervisan la obra.
Conclusiones
Los centuriones fueron el eje sobre el que giró la eficiencia del ejército romano: comandaban, entrenaban, administraban justicia y mantenían la disciplina. Su éxito no se debió solo a su autoridad simbólica (el vitis), sino a la combinación de experiencia, reclutamiento selectivo, tácticas avanzadas y una estructura organizativa que reflejaba el orden social de Roma.
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