Eugenia de Montijo de Guzmán, Emperatriz de los Franceses, por Édouard-Louis Dubute. 1854. Museo del Palacio, Versalles. © Wikimedia Commons
Al inicio del siglo XX, pasear por el Parque del Oeste de Madrid era ver a una anciana frágil y elegante, que pasaba el invierno británico en Inglaterra y, cuando el frío se intensificaba, se refugiaba en el palacio de Liria junto a sus sobrinos, los duques de Alba. La gente la miraba con admiración y una ligera lástima, sabiendo que había tenido todo y lo había perdido. Su nombre era Eugenia de Palafox y Portocarrero, la última Emperatriz de Francia.
Una educación guiada por Prosper Mérimée
Eugenia de Montijo nació en Granada el 5 de mayo de 1826, hija del duque de Peñaranda, Cipriano de Palafox y Portocarrero, y de María Manuela Kirkpatrick, de origen escocés, de quien heredó el cabello rojizo y la piel clara. Era la menor de sus hermanos; su hermana María Francisca, "Paca", falleció antes que ella y más tarde se casó con el duque de Alba.
Su padre, un militar tradicional, no comprendía las ambiciones de su esposa, pero ambos querían asegurar un futuro brillante para sus hijas. Por eso contrataron al escritor Prosper Mérimée como mentor. Mérimée supervisó sus estudios en Francia e Inglaterra y, al terminar la escuela del Sagrado Corazón en París, las introdujo en la alta sociedad capitalina.
Una belleza fuera de los cánones
En 1839, tras la muerte del duque de Montijo, las hermanas regresaron a Madrid y debutaron en sociedad con un fastuoso baile de máscaras en su palacio de la Plaza del Ángel. En 1844, Paca cumplió las expectativas maternas al casarse con el duque de Alba, y la condesa decidió volver a París, convencida de que Eugenia encontraría allí oportunidades que la pondrían a la par de su hermana.
Eugenia poseía una belleza singular, culta e inteligente, y una capacidad de seducción que, según sus contemporáneos, usaba con maestría. No tardó en destacar en los salones parisinos y, el 12 de abril de 1849, llamó la atención de Luis‑Napoleón Bonaparte, entonces presidente de la Segunda República, durante un baile.
El encuentro con Luis‑Napoleón
Luis‑Napoleón, hijo del rey Luis I de Holanda y de Hortense de Beauharnais, había heredado los derechos dinásticos de los Bonaparte tras la muerte de su hermano mayor y de Napoleón II. Tras varios intentos fallidos de golpe de Estado, fue elegido presidente en 1848. El encanto de Eugenia, también conocida como la condesa de Teba, lo cautivó.
El 2 de diciembre de 1851, Luis‑Napoleón dio un nuevo golpe de Estado, se proclamó "Príncipe‑Presidente" y, al año siguiente, con el aval del Senado, se autoproclamó Emperador de los Franceses, iniciando el Segundo Imperio.
Una emperatriz en busca de poder
El nuevo imperio necesitaba una heredera, y Eugenia vio la oportunidad. A pesar de haber sido rechazada anteriormente por el duque de Alba y el marqués de Alcañices, aceptó el reto. Según la leyenda, cuando el futuro emperador le preguntó cómo llegar a su habitación, ella respondió: "¡Por la capilla, señor!"
El 30 de enero de 1853, la boda tuvo lugar en Notre‑Dame, a bordo de la carroza que Napoleón y Josefina usaron en su coronación de 1804. La ceremonia, de gran pompa, anticipó la gloria que el Segundo Imperio pretendía alcanzar en Europa.
Desde el día de su boda, Eugenia no se conformó con un papel decorativo. Aceptó un donativo de 600.000 francos de la alcaldía de París con la condición de fundar instituciones benéficas. Tras el nacimiento de su hijo Luis Napoleón el 16 de marzo de 1856, y tras dos abortos, consideró cumplida su misión de proporcionar un heredero y se involucró activamente en la política imperial.
Regencia y presencia política
El emperador la nombró regente en tres ocasiones: durante la campaña italiana de 1859, la expedición a Argelia en 1865 y la Guerra franco‑prusiana de 1870, que culminó con la caída del imperio. Su fervor bonapartista y su catolicismo la llevaron a apoyar los partidos más conservadores, lo que le granjeó enemigos dentro de la clase política.
Aunque admiraba a María Antonieta y ocupó sus antiguos aposentos en el Château de Saint‑Cloud, Eugenia también se ganó la reputación de frívola y arrogante.
Icono de la moda y la industria
Para ella, el vestuario era una obligación del cargo. Pactó con su esposo impulsar, a través de su ropa y joyería, sectores industriales como la seda de Lyon y la alta costura. Su alianza con el diseñador Charles Frederick Worth y su pasión por la joyería transformaron a París en la capital mundial de la moda, beneficiando a la economía nacional.
En el exilio, Eugenia defendió su labor diciendo: "Me reprochan frivolidad y amar demasiado el tocador, pero el tocador forma parte del papel que debe desempeñar una soberana."
Exilio y últimos años
Tras la derrota de Sedan en 1870, la emperatriz y su hijo huyeron a Inglaterra, estableciéndose en Camden Place, Chislehurst. El emperador depuesto se unió a ellos en 1871. Después de la muerte de Napoleón III en 1873, Eugenia siguió conspirando para devolver el trono a su hijo, pero el joven murió en la guerra anglo‑zulú el 1 de junio de 1879.
Durante los siguientes cuarenta años, Eugenia abandonó la política y se dedicó a obras piadosas. En Farnborough construyó el mausoleo de Saint‑Michel, donde descansan ella, su esposo y su hijo, bajo la custodia de monjes benedictinos.
Los últimos años los dividió entre Inglaterra y España, viviendo con sus sobrinos, los duques de Alba. Falleció el 11 de julio de 1920 a causa de una enfermedad renal; su cuerpo fue repatriado a Inglaterra para ser enterrada junto a su familia. Así, la emperatriz Eugenia de Montijo pasó a la historia como una figura legendaria.
Cronología
1826 – Nace en Granada María Eugenia de Palafox y Portocarrero.
1853 – Contrae matrimonio con Napoleón III en la catedral de Notre‑Dame.
1870 – Tras la derrota de Sedan, se exilia en Gran Bretaña.
1879 – Muere su hijo Luis Napoleón en la guerra anglo‑zulú.
1920 – Muere en España y es enterrada en Inglaterra.
Un encanto personal y singular
Madame Carette, lectora de Eugenia, la describía así: "Sus rasgos eran regulares, su perfil una perfecta medalla antigua, con un encanto personal, ligeramente extraño, que imposibilitaba compararla con otra mujer. Frente alta y recta, cejas largas y delgadas, ojos azules intensos, velados de sombra, llenos de alma, energía y dulzura".