Horace Vernet, “El lecho de muerte”, muestra el rostro demacrado del Emperador en sus últimos momentos. Wikimedia Commons
Tras la derrota en Waterloo (18 de junio de 1815), Napoleón abdicó por segunda vez. Intentó huir a América, pero los británicos lo exiliaron a la remota isla de Santa Elena, una verdadera fortaleza natural en medio del Atlántico Sur. Tras dos meses de travesía, llegó el 15 de octubre y se instaló en la húmeda casa de Longwood, donde dictó sus memorias y envió secretamente a Inglaterra escritos que denunciaban las condiciones de su cautiverio.
Con la esperanza de que la opinión pública británica intercediera a su favor, el Emperador, rodeado de una pequeña corte, desafiaba al gobernador Hudson Lowe y a sus guardias, rehusándose a aceptar humillaciones. Con los años, sin embargo, su resistencia decayó; una úlcera estomacal crónica lo debilitó progresivamente hasta arrastrarlo a la muerte.
Remedios peores que la enfermedad
El 17 de marzo de 1821 Napoleón tomó su último carruaje y, sin ayuda, quedó inmóvil. Una fiebre persistente, vómitos, pérdida de apetito y una tos con sangre anunciaron la gravedad de su estado. Los médicos, incapaces de diagnosticar la verdadera causa, atribuyeron sus síntomas a una enfermedad hepática y le recetaron sangrías, purgas de mercurio y otras prácticas que sólo empeoraron su condición.
Los estudios modernos coinciden en que sufría de una úlcera gástrica perforada, tapada parcialmente por el hígado, lo que provocó una anemia ferropénica severa. La combinación de sangrados continuos y los tratamientos tóxicos aceleró su declive.
Últimas palabras enigmáticas
Durante la noche del 30 de abril al 1.º de mayo, los médicos británicos administraron 10 granos de calomela (mercurio cloruro) con la intención de “purgar” al enfermo. Antommarchi se opuso, pero su objeción fue ignorada. Al beber la solución, Napoleón sintió el sabor amargo, exclamó “¡Tú también me engañas!” y pronto comenzó a vomitar sangre; sus heces se volvieron negras como carbón.
El 5 de mayo, a las 4 a.m., pronunció con dificultad unas últimas frases que apenas se escucharon: “Francia… mi hijo… el ejército…”. Murió a las 5:49 p.m., mientras los cañones británicos anunciaban el final del día, una coincidencia macabra que pareció rendirle un último homenaje a su enemigo.
¿Asesinato con arsénico?
En 1955, el odontólogo sueco Sten Forshufvud, basándose en el memorándum del primer valet Marchand, sostuvo que Napoleón había sido envenenado con arsénico. Análisis de mechones de cabello realizados años después parecían confirmar la presencia del metal. Sin embargo, investigaciones posteriores mostraron que el arsénico estaba presente en el cabello de familiares y era común en tintes de la época, por lo que la teoría del asesinato ha perdido credibilidad.
Las Cases: la pluma de la leyenda
Emmanuel de Las Cases acompañó al Emperador en su exilio hasta 1816 y recopiló sus confesiones para redactar el Mémorial de Sainte‑Hélène, publicado en ocho volúmenes en 1821. La obra mezcla recuerdos íntimos, textos históricos y relatos de la cautividad, contribuyendo decisivamente a la construcción del mito napoleónico, aunque su valor como fuente debe ser manejado con cautela.
Para profundizar: Napoleón en Santa Helena, P. Branda, Perrin, 2021.